ACTUACIONES POLÍTICAS

Corregir al prójimo es también caridad: Bertilo Mejía Ortega

Los diputados del panameñismo que sucumbieron ante los tentáculos del poder, han introducido una novedad en el tradicional partido tricolor. En los tiempos del caudillo, por más ofertas y coqueteos políticos que recibiera un diputado, casi ninguno aflojaba la tuerca de la lealtad, los principios y la doctrina.

Por el contrario, durante el período 1964-1968, en una Asamblea que los estudiantes seguíamos con respeto e interés, las voces parlamentarias del panameñismo ocuparon espacios y tribunas de opinión a satisfacción del electorado. En aquel cuatrienio jamás aceptaron un mensaje del jefe del Ejecutivo, porque, para ellos, quien ocupaba el solio presidencial no era el producto de la voluntad soberana del pueblo. Se retiraban del recinto, cada 1 de octubre, dejando constancia de por qué lo hacían. Esta conducta revertía en simpatía y respaldo popular, hecho que quedó demostrado con el aplastante triunfo de su partido en las tormentosas elecciones de mayo de 1968, muy a pesar de que ningún diputado fue postulado a la reelección.

Igual conducta asumían las bases panameñistas de tuerca y tornillo. Muy poquísimos doblaban la cerviz, la inmensa mayoría seguía la línea de su caudillo a la espera del siempre anhelado retorno al Palacio de las Garzas. Durante la campaña de 1968, cuando las ofertas llegaban en bandeja de plata desde el oficialismo, en su afán de quebrar el colectivo, la respuesta de los arnulfistas fue el rotundo rechazo. La persecución de la Guardia Nacional y de unidades civiles era implacable, pero el arnulfismo se erguía con voluntad y estoicismo incalificable.

Su fuerza arrolladora no solo lo convirtió en el partido más grande y en la esperanza, por su posición firme en el ámbito de lo nacional, frente al militarismo sesgado y a la oligarquía egoísta y engreída, sino en el núcleo de aliados que antes lo habían adversado. Por esta razón, el partido del caudillo, rebelde e irreductible, figuró como el gigante en las contiendas.

Esa imagen permitió creer a muchos independientes (entre ellos me incluyo) que en este colectivo estaba la reserva moral de la Patria. Los indoblegables, los incomprables, los rebeldes con causa y hasta los redentores de la gente oprimida, porque habían sufrido en carne propia los zarpazos del egoísmo, la diatriba y la traición.

Las actuaciones de muchos dirigentes panameñistas, en gobierno y en oposición, han distado de aquel concepto generalizado. Sin embargo, no es fácil concluir en que todo se ha perdido, porque hay mucha gente respetable dentro del colectivo, tal como ocurre en la mayoría de los grupos políticos organizados de nuestro país.

Lo que sí es indiscutible, es que los actuales tránsfugas del panameñismo, además de dejarse derribar por el poder efímero, han construido un oasis político de futuro impredecible.

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