EL DESPERTAR SOCIAL

Corrupción y ciudadanía: Pedro Ernesto Vargas

El resultado más nocivo de un gobierno autoritario, sin controles ni temor a la censura, que se aboca a los negocios y desprecia la ideología y la política, es la institucionalización de la corrupción, que, despectivamente, se asienta en la vejación a las instituciones y a la gente. En el mundo de hoy, o hemos madurado para ver con más claridad el oneroso paisaje de esa dirección, o el delito se ha perpetrado con eficiencia y peor descaro. Las democracias electorales no se diferencian ya de las autocracias, al menos en esas preferencias.

Cuando un miembro de la Asamblea Nacional espeta que “no somos curas sino políticos” señala sin vergüenza alguna su opción por la pobre conducta, y ese mismo individuo es producto de un proceso cruento de democratización. Cuando para otros la bribonada no es el repartimiento en esa Asamblea de los dineros de la gente en partidas u otras mañas delictivas, sino la densidad de los billetes que se hurtan y reparten ¿hay motivo alguno para desafiar el concepto de que allí hay corrupción? Aquella frase lapidaria y electorera: “entran limpios y salen millonarios” sugirió una denuncia y postura. Con los años, pareciera que se ciñó a un aspecto ni siquiera de higiene, sino de celos. Nos cogió desprevenidos, porque el contagioso entusiasmo por cambiar las cosas, por acabar con la corrupción imperante se nutre de lo inmediato, no de lo histórico. La corrupción es prevalente en países que no hacen nada o poco por combatirla, que se quedan solo en el discurso electorero y su periodicidad.

La corrupción no está fuera de los partidos, aunque riña con la política; no está fuera de los ciudadanos, aunque choque con la ciudadanía. En las nuevas democracias el nepotismo, el intercambio de favores y el padrinazgo son tan eficientes instrumentos de la corrupción como el monopolio del poder por el autócrata. De allí que el pluralismo político como las elecciones periódicas pueden ser engañosos. No hay una relación inversamente proporcional entre democracia electoral y corrupción, no es cierto que entre más democracia hay menos corrupción. De hecho, hoy hay más democracias electorales corruptas que las deseadas.

Alina Mungiu-Pippidi, directora del Centro Europeo de Investigación Contra la Corrupción, en Berlín, ha dicho: “bajo la adherencia a intereses particulares, la toma del poder violenta da paso a políticas y elecciones corruptas (algunas veces libres pero rara vez justas). La disposición de los recursos públicos es injusta; todo tiene un precio; el gobierno de la ley es parcial, cuando lo mejor (aquellos en el poder están por encima de la ley); y el Estado se percibe como un instrumento para doblegar a las mayorías y enriquecer a algunos pocos” .

Entonces, ¿acaso es cierto que la política está en crisis ? Todo está en crisis hoy día. Lo real es que el pluralismo en sí no es un antídoto contra los intereses particulares ni contra la corrupción; como tampoco es una garantía de ética y universalismo, en la que los intereses por el bienestar de la gente impulsen iniciativas por el bien común, que restrinjan a las “élites predadoras” disponer impunemente de los bienes de todos, para el bien particular.

¿Se puede esperar que dentro de las mismas esferas del gobierno se descubran individuos probos e incólumes, “moralmente por encima de la corrupción”, para darles poder discrecional y vigilar por actos de corrupción? Mientras el ciudadano no vigile y no exista una ciudadanía comprometida con la honradez y la justicia, no de palabras sino de hechos, el funcionario anticorrupción se puede convertir en el eficaz vehículo de ella. Solo a través del empoderamiento ciudadano se lograría encajonar la corrupción estatal y, por ende, en cualquier otro ámbito. Ese ciudadano, sea empresario, profesional, obrero, dependiente, técnico, ama de casa es aquel que quiere no solo un país libre, sino gobernable; no solo rico, sino que sale de la pobreza; no solo un país con un gobierno electo, sino con uno que consulta.

No repitamos que la nuestra es una “cultura de corrupción”, que el trabajo sucio lo tienen que hacer “los medios”; ni nos preguntemos, socarronamente, quién es la “sociedad civil”. Probablemente, no hemos encontrado el camino de la anticorrupción, pero somos los llamados a vigilar y a denunciarla. Las virtudes cívicas son un muro de contención contra la corrupción, pero de nada sirven si no hay la cooperación entre todos los ciudadanos y si no se produce la defensa colectiva, nada fácil, frente a los ataques de la clase política corrupta. No perdamos el horizonte encandilados por un crecimiento económico envidiable, que puede ser utilizado para adormecernos.

El Partido Comunista de China estaba destinado a desaparecer cuando, en 1989, el régimen arrasó decidida y de forma cruenta contra los estudiantes en la ensangrentada Plaza de Tiananmen. Pero no fue el desmantelamiento del movimiento estudiantil, mediante tal masacre, lo que le permitió sobrevivir al partido, sino una calculada apertura económica, que produjo el crecimiento necesario para optar por los bienes materiales sobre la ideología. Es muy difícil, frente a ese hecho tan concreto y medible, como es el bienestar económico, ganar una batalla a quien lo lidera; no importa sus métodos autoritarios o lo grave de la satrapía. Aquello borra esto. Ahora, el borrador se gasta, se acaba y, entonces, la sociedad despierta, a veces tarde, pero en otras ocasiones, a tiempo. Este fenómeno es real y debe ser motivo de una seria consideración para el debate político en los meses venideros.

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