GOBIERNO

Corrupción ¿falta de ética o parcialidad?: Miguel A. Erroz G.

Pese al incansable esfuerzo de líderes cívicos en promover los valores éticos, la percepción de la corrupción ha aumentado con cada administración. Frustrar esta corriente se dificulta debido al enfoque que se le da a la lucha contra ese flagelo. Los movimientos sociales preocupados en divulgar los valores éticos han pasado por alto la naturaleza de la corrupción gubernamental.

Ante un acto de esta naturaleza, se asume que lo apropiado es indagar los principios del perpetrador. Este enfoque conduce a concluir que el problema es la persona, porque es inmoral. Bajo este análisis, se deduce que la solución es reemplazar a la persona o grupo por uno digno. Luego, cambiada la dirigencia vía elecciones, todo se repite o empeora, y muchos opinan que el problema es cultural y radica en una ciudadanía sin principios.

Los hechos apuntan a algo diferente. Al analizar la corrupción se hace evidente que su componente central es la parcialidad. Su presencia en los estamentos gubernamentales implica el uso de las funciones y medios del Estado motivado por intereses privados en lugar del interés público. Es decir, lo que determina si un acto es corrupto es la intención del funcionario, si este actuó con parcialidad hacia intereses privados o no. A su vez, la parcialidad tiene dos posibles orígenes: la falta de valores éticos (ej., prejuicios como el racismo) o más comúnmente, el conflicto creado cuando los intereses personales contradicen el bien público. Esta distinción es crucial porque la corrupción gubernamental se origina casi en su totalidad cuando una situación hace que entren en juego los intereses del funcionario.

Una vez exista un conflicto de intereses, el cómo actuar sí involucra una cuestión ética. Pero tener conocimientos éticos no basta, también se necesita la suficiente fuerza de voluntad para regirse por ellos. Toda persona, básicamente, tiene entendimiento de lo que es bueno y correcto. De hecho, todos nos proponemos que actuaremos bien a futuro: vamos a comer menos, ejercitarnos, manejar de forma cortés, estudiar, ayudar al necesitado, etc. El problema surge al momento de actuar, cuando emergen los conflictos: un plato de deliciosos dulces, despertar dos horas más temprano, cederle el paso a otros, no ver televisión ni salir sino estudiar, etc. Los humanos tienen diferentes grados de fuerza de voluntad y un promedio lejano a la perfección.

Gran parte de la batalla está en evitar confiarse de la fuerza de voluntad. Cuando los intereses personales no están en juego, resulta cómodo y natural tomar decisiones imparciales. La situación cambia cuando, por ejemplo, el empleo de un juez está ligado a qué decisión toma. No importa cuánto conocimiento ético posea, la circunstancia coloca su interés en juego. Mientras más severa la consecuencia personal, menos probabilidad habrá que conserve la imparcialidad. Cada quien es responsable de sus acciones, pero no se debe ignorar que se generan conflictos a propósito, que la mayoría no posee la fuerza para resistir. En conclusión, es provechoso actualizar el enfoque que se le da a la corrupción: lo constructivo es indagar sobre la razón que llevó a la persona a actuar con parcialidad. Esta orientación ética y moderna invita a enfocarse no solo en el carácter del protagonista, sino en su entorno y los conflictos creados.

La democracia basada en la separación de los poderes fue ideada para impedir la creación de conflictos de intereses, pero requiere diseñar contrapesos a los pesos; sin embargo, pocas constituciones de América Latina los establecen, porque le otorgan control al Ejecutivo sobre el empleo y/o los recursos de la mayoría de los servidores públicos.

Una importante diferencia entre Estados donde impera la ley y la administración imparcial, y aquellos que no, es que en unos la mayoría de los funcionarios son asignados directa o indirectamente por políticos y en los otros los mecanismos de asignación son civiles, otorgándole independencia total a cada funcionario. Es inevitable que algunos confabulen, pero cuando están rodeados por otros verdaderamente independientes e imparciales, es muy difícil que encuentren refugio, y habrá castigo. Esta certeza, en sí, crea un incentivo para comportarse de manera correcta.

Lo que cabe es actualizar el concepto de corrupción gubernamental. Su origen no se sostiene en la falta de valores éticos, sino en la ausencia de imparcialidad, fomentada por el conflicto de intereses. Esta es la base sobre la cual se puede crear una estrategia eficaz contra la corrupción y aquellos que la fomentan.

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