VENTA DE BILLETES

Corrupción e impunidad: Jaime Cheng Peñalba

El Estado, según la ley, tiene la potestad de administrar y organizar los juegos de azar en todo el país y el derecho de otorgar en concesión la explotación de juegos de azar a compañías privadas, previa licitación.

El Estado ofrece concesiones a hoteles y compañías privadas para la administración de algunos casinos, lo que ha resultado un negocio bastante jugoso. La Lotería Nacional quizá sea la única institución de gran escala que aún mantiene un perfil de empresa pública. Hace décadas, como forma de paliar el desempleo imperante se permitió la adquisición de chances y billetes a personas que necesitaban una fuente de ingreso. Con esto se resolvió un problema momentáneo, pero se creó a mediano plazo otro de gran consideración. Resulta que la cultura del pequeño propietario está enajenada de cualquier servicio que contribuya al bien colectivo. La visión del pequeño propietario, la mayoría de las veces no está en el beneficio compartido, es decir ganar y hacer ganar a los demás. Lastimosamente, una gran cantidad de pequeños propietarios quiere convertirse en medianos y grandes, olvidándose de la naturaleza del servicio que prestan. Una prueba de esto son los taxistas que brindan un servicio a quienes le convengan. Su interés al igual que el vendedor de chances y billetes, es sacar la mayor cantidad de ganancias a costa de un servicio público.

Una numerosa cantidad de billeteros asumiendo esta mentalidad hace las famosas ventas casando números bajos con altos, con one two o con rifas, porque esto le reporta a su negocio tangibles beneficios. La actitud arrogante y grosera de algunos creó una ola de protestas por parte de usuarios, lo que tuvo un eco a nivel institucional, y dio como resultado operativos de supervisión momentánea. La respuesta de los vendedores no se hizo esperar y presionaron con una demanda en el aumento de las cuotas de ganancia, de lo contrario no venderían.

La respuesta de la dirección de la Lotería en la gestión de Martín Torrijos evidenció la falta de carácter de los directivos, que por años han buscado la solución en el parche y no en la cura de la enfermedad. Con la actual gestión de Sergio González (Molirena) y siguiendo las directrices de campaña de Ricardo Martinelli de “meter la pata y también las manos” la impunidad y corrupción se dispararon a niveles alarmantes, hasta el punto de que el famoso one two, que no es más que una vulgar coima que el billetero cobra al usuario por obtener un número de baja denominación o “correteado”, antes costaba 25 centésimos, pero ahora en las propias narices del edificio principal se cobra hasta 50 centésimos. Es decir, que cinco pedazos de chance cuyo valor real es $1.25, ahora con el aumento de la coima cuesta $1.75.

Grandes masas de ludópatas se postran ante la injusticia. Reclaman en intervalos de lucidez, pero finalmente sucumben ante la manía de su enfermedad no reconocida. La dirección de la Lotería lo sabe, pero mira hacia otro lado. La solución debe ser estructural. Si las ventas reportan ganancias sustanciosas a la institución y estas redundan en algunas obras de beneficencia, entonces que sea el propio Estado el que reorganice la naturaleza de las ventas asumiendo el papel de empleador, pagando salarios a sus vendedores sin poner límites a los compradores. Lo mismo podría pasar con los taxis y otros negocios, que más bien responden a los intereses egoístas de sus dueños, no al beneficio colectivo. Se acabaría de raíz el problema. El ciudadano de “a pie” sería el gran ganador, no obstante, después de tantos gobiernos salpicados de corrupción, ¿quién se pondrá el cinturón para enfrentar de verdad estos males con valentía?

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