ESCENARIO ELECTORAL

Corrupción en el punto de inflexión: Rolando Mendoza Ibarra

La sociedad panameña experimenta otro proceso electoral más dentro de su historia política, porque aun los militares celebraron elecciones sin partidos, en 1972, cuando se eligieron a 505 representantes de corregimiento, convertidos en una asamblea nacional constituyente que aprobó la Constitución actual. Así se instauró por más de 10 años un modelo político de elección indirecta del Presidente de la República.

Al igual que en las pasadas, esta elección no dirime los problemas fundamentales o estratégicos que pudieran orientarse a modificar, sustancialmente, el modelo de economía de mercado, en el que se sustenta el de democracia representativa que experimenta la mayoría de los países del mundo. Hoy, al igual que en los años 80 y 90 del siglo pasado, la historia es la misma: una gestión pública matrimoniada con políticas económicas neoliberales, diseñadas en los centros de poder mundial y que, lejos de erradicar la pobreza crónica y estructural, sirven a las burguesías locales o extra nacionales y a los grupos de poder, facilitándoles la acumulación de riquezas al amparo de prácticas corruptas, mientras se sigue profundizando el círculo vicioso de la pobreza.

Durante los últimos 25 años, las administraciones del Estado hicieron aportes significativos en materia de políticas públicas y programas de desarrollo económico y social, que hicieron posible alcanzar un crecimiento sostenido de la economía de casi dos dígitos. Esto, a su vez, posibilitó que en los últimos cinco años el Gobierno realizara cuantiosas y costosas inversiones públicas en materia de infraestructuras necesarias. Sin embargo, el dilema actual no consiste en cuál candidato garantizará que la economía siga creciendo o cuál construirá más infraestructuras o programas de subsidios sociales para alivianar el hambre de los pobres extremos y la implementación de mercados, ferias o jumbo ferias; sino cuál de los grupos que aspiran al control de los recursos públicos dispone de la capacidad técnica y moral para administrarlos con transparencia.

Como nunca antes, el país está en el punto de inflexión respecto al tema de la transparencia en el manejo de los dineros públicos. Esto invita a reflexionar a los que ejerceremos el sufragio, el próximo 4 de mayo, sobre si lo haremos para posibilitar el inicio de un período de construcción o reconstrucción de un país decente, en el actuar de quienes nos gobiernan o, por el contrario, lo estaremos haciendo para que siga el latrocinio, la ausencia de valores y de escrúpulos reflejados, por ejemplo, en la entrega de multimillonarios contratos directos y abultados sobrecostos a los amigos y favoritos de quienes se deleitan con las mieles del poder que un día le entregó el pueblo panameño en las urnas.

“Este pueblo es sabio”, reza irónicamente un candidato presidencial en una de sus abundantes y diversificadas pautas televisivas, en las que promete “más cambios”. Me pregunto si ello incluye combatir los altos niveles de corrupción en favor de la transparencia. No estoy seguro. Otro, en un intento por beneficiarse de las obras del gobierno (del que fue parte), afirma que el pueblo es primero. Hay un aspirante más –al que algunos vinculan con los socios y negociantes del gobierno– que dice tener el plan de todos. Como siempre, “todos” recurriendo al pueblo, el depositario del poder al que aspiran.

La “oferta electoral” dominante –frase en boga– propone más de lo mismo y para lo mismo. No se vislumbran propuestas de cambios profundos para erradicar los problemas de ese pueblo que, pasadas las elecciones, seguirá sufriendo los rigores del encarecimiento de la comida sin regulación, de la insolvencia del salario mínimo real, del deficiente servicio de transporte, de los problemas con la basura y el agua potable en los barrios marginales, y del desvelo por la crianza y la educación de sus hijos.

En este orden, si en los próximos comicios este gobierno repite, después de gastar multimillonarias sumas en campañas publicitarias y asesorías foráneas, de seguro continuarán los grandes negociados y la oleada de tránsfugas políticos, propia de la descomposición social promovida y del predominio de antivalores; representantes, alcaldes y diputados de los partidos de oposición dejarán sus filas, que utilizaron como trampolín, argumentando que sus “líderes” no supieron conducir ni garantizar la victoria electoral.

Si el escenario es el opuesto –presumiendo que los resultados podrían sorprender– y alguno de los principales partidos de oposición venciera, apoyado en una mayoría electoral desafecta al gobierno, pero fragmentada, la cosa no sería distinta, pero se abriría la posibilidad de recomponer el componente político del modelo de acumulación, basado en la ganancia y la especulación capitalistas.

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