DIFERENCIACIÓN

Crecimiento y desarrollo: Johnny Sáurez Sandi

En primera instancia, debe quedar claro que crecimiento y desarrollo no son sinónimos, a pesar de que se tiende a confundirlos. Tampoco se puede negar que uno va de la mano del otro o al menos debería ser así.

El crecimiento de la economía es entendido como el incremento sostenido del producto total de una sociedad y que es generado por la producción de bienes y servicios, bajo el presupuesto de que este crecimiento económico debe ser superior al crecimiento natural de la población, para poder hablar de crecimiento del producto per cápita.

Varios de los países de América Latina han disfrutado, durante la última década, de un crecimiento sostenido de sus economías y experimentan un acelerado crecimiento que en algunos casos, como los de Perú o Panamá, son sorprendentes.

Por otro lado, cuando nos referimos al desarrollo económico, hablamos del resultado positivo derivado del crecimiento económico que viene acompañado de una variación significativa en los modelos y en la organización de la economía. Variación que debe generar cambios estructurales dentro de las sociedades, a través de una mejoría en la distribución de la riqueza, el apuntalamiento económico de las instituciones que se ocupan de la educación, la cultura, la provisión de vivienda digna, del mayor acceso a la canasta de bienes básicos de consumo, del acceso al crédito, del mejoramiento de los estándares de salud y del bienestar general de la población.

En otras palabras, no habrá desarrollo económico, si no hay crecimiento económico. Esto, en teoría, es lo ideal. Desafortunadamente, no siempre el crecimiento económico genera desarrollo económico. En nuestros países, muy a menudo, hemos visto cómo, a pesar de que las cifras macroeconómicas llaman al optimismo, en el terreno constatamos cómo la riqueza generada se concentra en las pocas manos de siempre, en las pequeñas élites dominantes que controlan la producción de bienes, la banca, el comercio, el poder y los partidos políticos y, por consiguiente, tienen la capacidad para la generación de legislación que no permite “que la copa se derrame” y que, por el contrario, les otorga mayores privilegios.

El motor de crecimiento, desdichadamente y para infortunio de las grandes masas, no siempre se acopla al generador de desarrollo. Vemos como, los mismos males endémicos y perennes se agravan; la pobreza y la desigualdad de oportunidades campean, igual que en épocas de vacas flacas. La inseguridad ciudadana, que resulta de la falta de empleo, educación y opciones de prosperidad material e, incluso, espiritual, se profundiza; la educación en todos sus niveles sigue siendo de mala calidad, los sistemas de salud colapsan, a pesar de que el bosque de concreto y los rascacielos se agrandan.

El desaprovechamiento de los resultados halagadores del crecimiento económico, dejando de lado la inversión y el desarrollo en infraestructuras nacionales, en viviendas, en mejores centros de educación, en investigación, hospitales o en mejores puestos de empleo bien remunerado, estancan las posibilidades reales de que los ciudadanos crezcan de forma medianamente homogénea y se pueda decir que el país x está saliendo del subdesarrollo y rompe las cadenas de la pobreza.

Confrontar la benevolencia de las cifras macroeconómicas crecientes de un país, en época de pujanza, con sus cifras microeconómicas, es el ejercicio que nos dirá si, como país, estamos realmente en la ruta del desarrollo o si, por el contrario, lo que estamos provocando es solo el ensanchamiento y la profundización de la brecha grosera que separa cada vez más a los ricos de los desposeídos.

El desarrollo económico de los pueblos, y por consiguiente de todos sus ciudadanos, se debe de nutrir de las fuentes de la prosperidad que deriva del crecimiento económico. No es válido que los políticos de turno ofrezcan transformar a nuestros países en lo que hoy son Singapur, Corea o Irlanda en unos cuantos años, así, por arte de magia, si en la práctica no promueven ni mucho menos producen la legislación que ampare su dicho y que, realmente, supondría el sostén del nuevo modelo que debería brotar del crecimiento económico que se genera en estos lares.

Si nuestros países latinoamericanos siguen creciendo, como hasta ahora, es válido soñar, pero soñar “con los ojos abiertos y los pies bien plantados sobre la tierra” .

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