INMIGRACIÓN

Crisol de xenófobos: Xavier Sáez-Llorens

Dentro del abanico de la discriminación, el racismo y la xenofobia son quizás las aspas más injuriosas que despliega el ser humano. Unas semanas atrás, después de un escrito mío sobre el periodismo tercermundista que nos agobia, un presentador matutino, de esos que prefiere cantidad de seguidores a calidad de mensajes, me sugirió emigrar a España. Muy a su pesar, soy primera generación de inmigrantes catalanes, pero panameño de nacimiento y chorrerano por crianza. Es decir, tan nacional como él. Ese mensaje, empero, fue una revelación subliminal de la antipatía al extranjero que late en nuestro querido istmo y que en estos días, a raíz del programa del crisol de razas, se ha exacerbado a niveles vergonzosos.

Desde una perspectiva biológica, Panamá es un país de genética foránea. Varios estudios científicos indican que la mayor parte de la población tiene impronta cromosómica de madre indígena y padre ibérico. La segunda estirpe étnica más frecuente es afroantillana. Poseemos además influjo hereditario de chinos, hebreos, italianos, griegos, árabes, anglosajones, entre otros. Todavía más. Si nos remontamos a épocas precolombinas, los llamados originarios emanaron de antepasados euroasiáticos que cruzaron el puente helado de Beringia hace unos 15 mil años (Curr Biol 2010; 20:R202; Science 2008; 319:1497) y establecieron caseríos en tierras americanas. Diversas líneas de investigación indican que las tribus iniciales de Chiriquí y Bocas parlaban variantes remotas del lenguaje chibcha (Am J Hum Genet 1990; 46:63).

A cualquier extranjero le resulta muy difícil abandonar su suelo natal. Como bien apunta Vargas Llosa, “esa gente sale de rincones donde hay escasez, desempleo, opresión o violencia, enfrentando numerosos obstáculos y cruzando clandestinamente las fronteras de regiones prósperas y pacíficas, en búsqueda de oportunidades dignas. Ellos violan la ley, sin duda, pero ejercitan un derecho racional y moral que ninguna norma jurídica debería tratar de sofocar: el derecho a la vida, a la supervivencia, a escapar a la condición infernal impuesta por compatriotas tiranos. Las políticas contra los inmigrantes están condenadas al fracaso por una razón muy simple: porque en los países a los que ellos acuden hay incentivos más poderosos que todas las trabas juntas que procuran disuadirlos de emigrar. En otras palabras, porque hay allí trabajo para ellos. Si no lo hubiera, no irían, porque los inmigrantes son personas desvalidas, pero no estúpidas, y no escapan del hambre, a costa de infinitas penalidades, para ir a morirse de inanición al extranjero. La historia ha demostrado que el inmigrante no quita trabajo, lo crea y es siempre un factor de progreso, nunca de atraso. La revolución industrial que hizo grande a Inglaterra no hubiera sido posible si el Reino Unido no hubiera sido entonces un país sin fronteras, donde podía radicarse el que quisiera –con el único requisito de cumplir la ley–, meter o sacar su dinero, abrir o cerrar empresas y contratar empleados o emplearse. El prodigioso desarrollo de Estados Unidos en el siglo XIX, de Argentina, de Canadá, de Venezuela en los años 30 y 40, coincide con políticas de puertas abiertas a la inmigración. La inmigración de cualquier color y sabor es una inyección de vida, energía y cultura y que los países deberían recibirla como una bendición”. Nacionalizar, por tanto, a un número razonable de extranjeros que solicita ser legalizado, cada 3-5 años, es una estrategia inteligente y ética. Al maleante no le conviene formalizar su situación, porque debe mostrar un impecable récord delictivo y porque resulta más fácil identificarlo si comete fechorías.

El extranjero ha sido convertido en el chivo expiatorio de todas las calamidades y en la mejor coartada para disimular nuestro propio subdesarrollo mental. Viví un año en Costa Rica y me molestaba que los medios, ante cualquier delito, culpaban a ilegales nicaragüenses. Cuando se hacía la investigación, sin embargo, los infractores eran predominantemente ticos. La noticia aclaratoria era comentada, por supuesto, de forma parca y en segmentos poco escuchados o leídos. Aquí sucede igual. Todo homicidio o hurto se le achaca a colombianos, dominicanos o venezolanos cuando, en realidad, un significativo porcentaje es cometido por paisanos. Los sucesos violentos atribuidos al narcotráfico ocurren porque algún político, abogado o empresario criollo se ha prestado para participar del lucrativo negocio correspondiente. Combatir el delito no pasa por estigmatizar a los foráneos. Para eso se requieren leyes rígidas que se cumplan, estamentos de seguridad con suficientes recursos económicos, profesionales policiacos no sobornables y herramientas preventivas eficaces contra el pandillerismo. Resulta imprescindible, eso sí, castigar a los funcionarios locales que trafican con la entrada masiva de indocumentados a Panamá.

Alguna vez leí un anónimo que modificado parcialmente decía algo así: “Tu Cristo es judío, tu lenguaje es español, tu escritura es latina, tus números son árabes, tu democracia es griega, tu coche es japonés, tu balón es coreano, tu camisa es tailandesa, tu reloj es suizo, tu pizza es italiana, tu celular es estadounidense, tu baile es africano, tu acordeón es colombiano... ¿y tú eres el que mira a ese trabajador inmigrante como un despreciable extranjero? ¡Vaya geta! La xenofobia no es más que la arrogancia de un individuo claramente inferior. @xsaezll

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