EL MALCONTENTO

Cuentos para rodar en el país paralizado: Paco Gómez Nadal

La distancia es una vaina. Desde lejos, la tierra parece una lamparita sin aristas y sin habitantes que la despojan de energía; desde la calle, los edificios de vidrio de los barrios lujosos parecen cajitas felices de McDonalds; desde la infelicidad, una sonrisa se ve como la amenaza nuclear de un país de esos impronunciables, y desde donde yo estoy, algunas de las cosas que acontecen en Panamá podrían ser divertidas si no supiera cómo se cocina el sancocho aquí y lo peligrosos que son los malos chistes de la clase dominante en el Istmo.

Desde la distancia, Martinelli parece un niño pequeño, bravucón, que presume de lo que debería esconder, que compra todo como hijo de nuevo rico y corrompe todo al tocarlo, como falso profeta que no sabe cómo cruzar el charco pero empuja a los demás a caminar sobre el agua del Pacífico. Desde aquí, el nombre que le han puesto al acuerdo politiquero entre un partido amnésico de su complicidad con el poder actual (sí, me refiero al Panameñista) y otro que sirve de bisagra de conveniencia aunque no tenga ni bases ni propuestas sobre la mesa (sí, me refiero al Popular). Una vez más, los políticos usurpan al pueblo su propio nombre para engañarlo en las urnas. Reconocerán conmigo que “Alianza Pueblo Primero” parece un chiste de mal gusto en el país en el que si algo es seguro es que “el pueblo siempre será después”.

Desde la distancia, el informe del relator para los derechos de las personas privadas de libertad de la CIDH parece una novela de terror inventada por un funcionario excesivamente escrupuloso. Pero entonces, recuerdo nuestra inspección a los centros de menores tras el asesinato de Benjamín Mojica, José Frías, Erick Batista, Omar Ibarra y Víctor Jiménez en el Centro de Cumplimiento de Tocumen, y sé que el relator ha sido diplomático, educado, al describir la gravísima situación de las prisiones en el país y al señalar “la apatía” de la sociedad ante esta permanente violación de los derechos más básicos del ser humano.

La realidad de Panamá podría invitar a la parálisis, a quedarse observando el desastre en cámara lenta, desde la distancia, sin poder siquiera entrar. Pero no me puedo sentir distante de todo ese dolor, ni de todas las mentiras del poder. No puedo porque tengo la fortuna de mantener la conexión con la realidad de Panamá y con la gente que sigue peleando desde la dignidad y la creatividad.

Me llevo alegrías, claro que sí, y una habitual es la que me da el combo que cada mes se toma el símbolo de la ineficacia politiquera más absurda –el Metro Bus– para cambiar mal humor y rabia, por versos y rebeldía.

Les voy a poner nombre a mis héroes y heroínas habituales. Adriana Sautu, Mar Alzamora, Kafda Lavie, Maritza Vernaza, Hansel, Mariela Aragón Chiari, Martanoemí Noriega, Gloria Rodríguez, Alfredo Belda, Lucy Chau, Perla Elizabeth, Lil Marie Herrera, Carlos Smith o Lany De León. Unos, de Ediciones Pelo Malo, otros de Ars Amandi o de Teatro Carilimpia, pero todos juntos ponen a circular sus palabras en Cuentos para rodar.

Los actores, gestores culturales y creadores de Panamá abren así cada día nuevos espacios de ciudadanía al margen del poder. No precisan de subvenciones, ni de grandes infraestructuras, sino de la decidida convicción de lo necesario. Los que habitan en la verdad son así de tercos y tercas. Benditos ellos; benditas ellas.

Iluminan los muros de la ciudad con la pintura de su rebeldía; alimentan los estómagos de los excluidos con los nutrientes de la poesía; denuncian –unas veces quedo, otras a gritos– la estupidez de aquellos que creen que el progreso se mide en toneladas de cemento o en estadísticas amañadas, confluyen en las grietas de este estúpido sistema para hacer de contrapeso ante tanto pirata contemporáneo que se quiere hacer –y se hace– con el país.

Estas gentes son oxígeno, oxígeno del bueno que debe multiplicarse para renovar el denso aire de mentiras con las que contaminan el país los Martinelli de turno, los Navarro que esperan su turno o los Varela que se olvidan de cuando fue su turno para pedir uno nuevo.

Hace unas semanas, en algún trayecto del Metro Bus, alguna de estas personas imprescindibles leyó este poema. Yo les regalo un fragmento por si son de los que perdieron la costumbre de rodar con los de abajo. Es del guatemalteco Marvin S. García: “Se trata de tomar el bus todos los días / de encontrar algo más que palabras / de sujetar fuerte / de cometer el pecado sin remordimientos / se trata de ver a la ventana / de ver a los ojos / de gritar fuerte / de no esperar respuesta de ver la ciudad triste un domingo por la tarde / de creer que nuestros mártires mueren todos los días / de despertar y despertar / de estar vivo, verdaderamente vivo / de escuchar música, ir al cine / de morir a carcajadas / de ser tragedia / de ser silencio...”.

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