PATRIMONIO NACIONAL

Danilo versus unos fuera de tiempo: Jaime A. Porcell

Hace 13 años, un músico soñador inventó el evento. El persistente Danilo Pérez logró que nos sintiéramos orgullosos. Por la semana del Panamá Jazz Festival, el amplio y sapiente mundo jazzístico centra su atención en un paisito de cintura estrecha. Para unos fuera de tiempo, el festival y sus conciertos, lo que hacen es distraer recursos en un género extranjero e impopular, en vez de dedicarlos a cultivar nuestro folclor. Para estos, aquella promesa de la Fundación Danilo Pérez de “salvar almas con la música” sobrevalora el evento.

La globalización enfrenta la idea de permanecer como nación de expresión artística cerrada y repetitiva, estática en el tiempo e incapaz de responder a nuevas tendencias. Evolucionar no implica negar nuestras raíces. Por el contrario, al asumir en nuestra panameñidad el ritmo moderno del mundo, las enriquece. Escuchar nuestro pujador –en manos de la entonces niña Milagros Blades– fusionarse con las sonoridades del piano y contrabajo, ejemplificó cómo lo panameño tenía un lugar en el jazz moderno.

Parte central del festival resultan los seminarios taller. Ningún alma sensible sale invicta de un encuentro con el pianista afrocubano, incluido entre los cinco mejores del género, Chucho Valdés, o de otro grande, Wayne Shorter y su Gravedad Cero. Por sexto año, la Ciudad del Saber presta aulas y tableros. Y durante las seis mañanas del festival, virtuosos que apenas horas antes actuaban sobre los escenarios, se desdoblan en maestros ante una audiencia de músicos bisoños de Panamá y el mundo entero. Y sin cobrar un céntimo. ¿Acaso no resulta admirable para los usuarios del Canal, los de nuestro centro bancario, los de Zona Libre, de los hoteles y turistas, un país que opone a la violencia la sensibilidad artística?

Es que Danilo y su esposa, Patricia, profesan una especie de culto. Atribuyen a la música la gracia de salvar almas. Sus altares no son exclusivos para los mejores jazzistas nacionales e internacionales. También incluyen artistas de géneros populares, léase Danny Rivera.

Como monaguillos, funciona una pléyade de jóvenes músicos. Estos se forman con la esperanza de hacerse de una beca para las mejores escuelas. Milagros Blades hoy es egresada de la prestigiosa Berklee School of Music. Ya las donaciones para estudios cifran los tres millones.

En los pasillos de la escuela de la Fundación, un local derruido y antiguo Conservatorio de Música, tropieza uno con un conjunto de noveles saxofonistas, trompetistas, pianistas y percusionistas. Y la banda resuena desde el mismo corazón popular del barrio de San Felipe. Solo entonces, aquella guaracha danilesca de “instrumentos por armas” empieza a sonar posible.

Desde 1949, los panameños conocemos la influencia sanadora de la música sobre el espíritu. Religiosamente, cada septiembre, intelectuales, folcloristas y público acuden al llamado del Festival de la Mejorana en Guararé en busca de purificación. ¿Por qué, desde Dorindo hasta el jazzista más virtuoso, cierran los ojos cuando improvisan? Por lo mismo que lo hacemos cuando besamos, para entregar el corazón. Si el Panamá Jazz Festival resulta una plataforma de lanzamiento del Panamá espiritual hacia el mundo, debería darnos vergüenza que Danilo y equipo todavía necesiten enfrentar a unos fuera de tiempo en los sectores privado y público. ¿Qué más debe demostrar el festival para merecer una ley que le asegure ser parte del patrimonio nacional?

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