UN MEJOR PAÍS

Defendamos nuestra identidad: Fernando Sucre Míguez

Con frecuencia nosotros, los ciudadanos panameños, tendemos a decir que nuestro país se ha llenado de extranjeros, que cuando salimos a la calle ya no conocemos a nadie, que parecemos extraños en nuestra propia tierra.

La verdad es que con el advenimiento de la globalización, se ha hecho más fácil para todos desplazarnos de un país a otro. Este extraordinario fenómeno es mundial y, por ello, Panamá no escapa del mismo. La población de los países más necesitados o en crisis sale en busca de nuevas oportunidades hacia aquellos lugares que conocen han obtenido un excelente rendimiento económico o en donde su democracia y sus libertades son bastantes respetadas. Panamá, por supuesto, está en el tope de esas listas en cuanto a países latinoamericanos se refiere.

Pero lejos de preocuparnos de la inmigración extranjera o de criticar la poca o nada política migratoria del país hacia aquellos que vienen de otras latitudes en busca de mejores coyunturas o escapando de regímenes autoritarios que marginan sus derechos, debemos concienciarnos de que la globalización es positiva en muchos aspectos, pues trae conocimiento, intercambio de ideas, aprendizaje de otras formas de hacer y mirar las cosas y hasta prosperidad económica.

Nuestro problema no es el movimiento migratorio, nuestro problema es que, como panameños, no estamos haciendo absolutamente nada para dar a conocer, enseñar e implantar nuestra identidad a aquellos que nos visitan temporalmente o se radican definitivamente en nuestra nación. La realidad que vivimos es que las costumbres, raíces, folclore y rasgos característicos se van perdiendo y son reemplazados por aquellos foráneos, que en nada se asemejan a nuestra cultura o pasado.

Estamos más pendientes de las fiestas de Halloween que de las celebraciones folclóricas y autóctonas del interior del país. Celebramos, sí celebramos no conmemoramos, el 9 de enero, pues ya a nadie le interesa recordar a quienes dieron su vida por la reversión del Canal de Panamá y lucharon, incansablemente, desde principios del siglo pasado, para que hoy gocemos de soberanía total. Sí, ese Canal que ahora en manos de panameños estamos ampliando con mucho éxito, pero que hasta hace poco no era de nosotros. Las luchas por su recuperación preferimos no recordarlas y demoler el hermoso edificio que albergó por décadas a la Embajada de Estados Unidos de América, para construir, a través de alguna empresa extranjera, la torre financiera para nada necesaria.

Preferimos hacer una carretera por el medio de un parque para que, sin duda alguna, se nos olvide quién y en dónde se descubrió el Mar del Sur. Claro, había que solucionar el problema del tráfico de alguna forma y Vasco Núñez de Balboa estorbaba; ahora pasamos tan rápido por allí que dentro de poco tiempo, posiblemente, se le ocurra a alguien trasladar la estatua a un lugar más desolado y olvidado.

Cuando paseamos por nuestra hermosa ciudad llegamos a la Plaza de Francia, pero desconocemos por qué está allí. Algunos aseguran que es porque la embajada francesa está al lado. Y qué decir del olvidado monumento a Carlos Finlay, médico cubano que, de forma indirecta, ayudó a la construcción del Canal de Panamá.

En materia de fiestas, al panameño no hay quien le gane. Lástima que estamos más interesados en el Día de Acción de Gracias o en la chiva parrandera (invento colombiano), que en el 15 de agosto, fecha de la fundación de Panamá, o el 3 y 4 de noviembre, festividades que, con vergüenza, observo que cada vez más los jóvenes conocen menos, ya que son muy propicias para ir a la playa a tomar, antes que darle su verdadero sitial en la historia.

De artistas no tenemos nada que envidiarle a Las Vegas, puesto que por este estrecho país pasan los más famosos. Lástima que solo ellos llenan los centros de convenciones, tres o cuatro veces al mes todos los años, pero nuestros cantantes locales deben hacer grandes sacrificios para que se les contrate o ponga en la radio.

En países tan cercanos como Colombia, Costa Rica o Perú, los museos y lugares históricos son altamente promovidos y resulta hasta pecaminoso no visitarlos. Nosotros remodelamos la Catedral de Panamá La Vieja, pero no la visitamos; poseemos un esplendoroso Altar de Oro, pero no sabemos cómo llegar; y qué decir de los museos, aquellos lugares que guardan objetos aburridos de nuestros antepasados y que a la velocidad que vamos tendremos que hacerles un museo a los museos, pues están por extinguirse en este país.

Ni la corriente migratoria ni la ocupación de los puestos de trabajo por extranjeros son problemas; somos nosotros los que no conocemos, defendemos ni imponemos nuestra cultura, mucho menos nos preparamos. Nuestra nacionalidad no la hace un idioma o religión común, ni siquiera las fronteras; la hacen nuestras luchas conjuntas, nuestros deseos propios, nuestro pasado. El conocimiento siempre nos liberará.

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