SOCIEDAD

Democracia más allá de las elecciones: Rolando Aparicio O.

Vivir en democracia va mucho más allá de garantizar elecciones limpias, reconocer al ganador y entregarle la banda presidencial. La democracia conlleva participación ciudadana en las decisiones, respeto a la institucionalidad y defensa de los derechos humanos; si faltan estos valores, aunque se haya llegado al poder por medio de elecciones limpias, se puede terminar ejerciendo un gobierno autoritario que se maquilla, normalmente, con un populismo sin medida.

Los obispos latinoamericanos, reunidos en Aparecida (2007), dijeron: “Vemos con preocupación el acelerado avance de varias formas de regresión autoritaria por vía democrática, que en ciertas ocasiones derivan en regímenes de corte neopopulista”. Con semejante advertencia, constatamos que el trabajo del Tribunal Electoral, de garantizar transparencia en el próximo proceso electoral, se ve amenazado por la injerencia de intereses ajenos a la institución. Una rápida respuesta de los magistrados empujó a los creativos de la campaña sucia, los mismos que no firmaron el pacto ético, a desistir de continuar con el fallido intento jurídico; a menos que, abiertamente, declararan un estado autoritario. Sobre la mesa del debate, lo que ha de prevalecer es la defensa de la democracia.

En estos días, la diatriba y los insultos que se le reclama como impropios al movimiento oficialista han sido equiparados, y con creces, por algunos dirigentes aparecidos en los medios. Los aportes de ciudadanos e instituciones civiles al debate dejan claro que cuando no hay independencia de los poderes del Estado, el poder se reduce a los caprichos de un solo hombre. No obstante, ¿en los últimos 20 años qué Presidente no ha sido cuestionado por los nombramientos de magistrados y procuradores o por valerse de artificios para lograr mayoría en la Asamblea? ¿Qué hace la diferencia a lo visto en los últimos cuatro años? ¿Será que, de hecho, tal separación de poderes, en nuestro país, nunca ha existido? Luego entonces, ¿hacia dónde debe ser dirigido el debate?

Es evidente que vivimos en un país donde la institucionalidad y separación de poderes no es el tema principal que preocupa a los ciudadanos, mucho menos a los candidatos. El panameño ha sido llevado a un punto de supervivencia: trabajar para comer, pasar la mitad de su día en un bus, preocupado si le agarra la noche en el tranque y tener que caminar por las veredas inseguras de su barrio. ¿Qué tiempo tiene para preocuparse por la institucionalidad del país? Por eso, el nivel del debate por la Presidencia se agota en la canasta básica, la seguridad y el transporte. El modelo económico respaldado por la política sueña con mantener al pueblo cautivo a base de subsidios. El mismo modelo deja claro en otros países, que al no poder sostenerse, termina alentando a los ciudadanos a exigir lo que en justicia les pertenece y les ha sido negado por años.

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