AMÉRICA LATINA

Desafíos de la integración: Roberto Montañez

La dinámica integradora de construir una identidad propia que trabaje armoniosamente en proyectos que impulsen el desarrollo de la región en lo político, económico, social y cultural, es una historia que no termina de escribirse. Ha estado presente en las agendas de los estadistas y pensadores durante los últimos 200 años, por el empeño de hacer realidad los ideales de los libertadores que vieron en la unión y en la comunidad de sus Estados la única solución para sus problemas, con la inspiración de mantener su independencia y libertad.

La voluntad integracionista de la región nació desde la independencia. Fue un proceso con grandes aportes de los venezolanos desde Francisco de Miranda, quien fue el primero en expresar “América toda existe como nación”; Simón Bolívar, artífice del Congreso Anfictiónico de Panamá y el Tratado de Unión, Liga y Confederación Perpetua, quien sentenció: “Somos una república de naciones”; hasta el humanista Andrés Bello, quien dio grandes aportes a la identidad cultural latinoamericana y al derecho internacional.

Entre los forjadores del pensamiento integracionista se destacan: el cubano José Martí quien plantea la necesidad de unidad regional frente al dominio imperial; el peruano Juan Egaña y su aporte en la defensa supranacional; el hondureño José Cecilio Del Valle y su congreso integracionista; los chilenos Bernardo de O´Higgins, Francisco Bilbao y José María Torres Caicedo y la confederación de los pueblos; el ecuatoriano Vicente Rocafuerte, el argentino Bernardo Monteagudo, el haitiano Anténor Firmin y el panameño Justo Arosemena, quien defendió la identidad de la mancomunidad. Todos fueron parte de la intelectualidad latinoamericana del siglo XIX que contribuyeron al proceso de integración y autodeterminación nacionales, y a la efectiva solidaridad de los proyectos de defensa común frente a la amenaza de reconquista europea y al recelo del destino manifiesto.

Desde el siglo pasado, los desafíos de integración enfrentaron obstáculos tanto sustantivos como procedimentales: la Alalc (Asociación Latinoamericana de Libre Comercio), Aladi (Asociación Latinoamericana de Integración), Sela (Sistema Económico Latinoamericano y del Caribe); Mercado Común Centroamericano, Pacto Andino, Comunidad Andina, Mercosur y Sica (Sistema de la Integración Centroamericana) fueron intentos complementarios que reclamaron de la voluntad política de los Estados para dotarse de un sistema supranacional, con el fin de superar el predominio en las estructuras de poder de élites económicas y políticas, que concebían a la integración como una amenaza ideológica y una competencia económica a sus intereses.

Aunque es prematuro hacer un balance sobre la dimensión histórica del controversial líder venezolano, Hugo Chávez, no podrá soslayarse su empeño en construir la unidad y la integración latinoamericana a través de modalidades como: la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba) y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) para el desarrollo económico y el progreso social de la región. Iniciativas como Petrocaribe, han permitido a 18 países de América Latina y del Caribe, (incluyendo a comunidades de Estados Unidos), o sea más de 90 millones de personas, beneficiarse del petróleo subvencionado y asegurando su abastecimiento energético.

La Celac articula acciones de cooperación agrupando a 33 países del área, es decir, 560 millones de personas que habitan al Sur del Río Bravo (excluyendo a Canadá y EU) confirmando la premisa de que la integración no solo es una opción, sino una necesidad para responder con soluciones oportunas a la erradicación de la pobreza y exclusión social.

De acuerdo al balance preliminar 2012 de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), América Latina registrará un mayor crecimiento durante este año; superior al 4%. Panamá será el país que más crecerá, con un estimado del 10.5%. Sin embargo, debe asumir grandes retos si quiere verdaderamente despegar.

Este país disfruta de una democracia estable y está en mejores condiciones de impulsar una integración subregional, que supere los recelos y la falta de voluntad política de otros, los que han impedido forjar una unidad capaz de posibilitar el desarrollo de componentes aduaneros, técnicos, de infraestructura e institucionales, competitividad y lucha contra la violencia, la corrupción y la impunidad.

La prevención de conflictos implica promover cambios pacíficos para evitar revoluciones violentas. Esto se puede lograr con estrategias de complementación productiva regional que respondan al clamor de millones de desamparados, urgidos de justicia social. Resulta imperiosa la consolidación democrática que fortalezca la institucionalidad supranacional, la buena gobernanza, la administración de justicia, el desarrollo sostenible y mayor inversión social para construir un destino próspero para los pueblos de la región.

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