NUEVOS RETOS

Desafíos del terrorismo fragmentado: Roberto Montañez

El mundo no volvió a ser el mismo desde los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. Hoy se percibe un panorama complejo extendido desde Libia, en el norte de África, hasta Yemen, en el extremo sur de la península árabe, incluyendo a Pakistán e Irak, donde la organización matriz del Estado Islámico (EI), controla a millones de personas y ocupa un territorio del tamaño del Reino Unido.

El terrorismo saltó al primer plano en la política mundial; la prensa y los analistas políticos coinciden en que el remedio es peor que la enfermedad. La Primavera Árabe no cumplió con sus propósitos, al desestabilizar a regímenes con déficit democráticos, armando a tribus y estimulando conflictos religiosos, lo que fragmentó el terrorismo islámico.

El reciente atentado del avión comercial ruso y los ataques terroristas en París, cuya paternidad reclama el EI, generaron cientos de víctimas, mostrando que sus activistas tienen bases en Europa, lo que revela la falta de coordinación en materia de seguridad en la lucha antiterrorista. Estos atentados tienen tres lecturas: por un lado, generar miedo, intensificando preocupación, haciendo más receptivo el apoyo a políticas internacionales contra el terrorismo; por otro, también se comienzan a cuestionar los bombardeos indiscriminados con miles de víctimas civiles, lo que exacerba el odio y la venganza; además, la ola xenofóbica se incrementa contra la población musulmana.

La crisis humanitaria de refugiados sirios es consecuencia de la desestabilización de regímenes árabes que no se ajustaban a los objetivos estratégicos de Estados Unidos y sus aliados. Ahora, al pretender desmantelar al EI y al grupo Al Qaeda se ha generado una guerra civil, regional y sectaria de larga trayectoria. La retórica de la lucha antiterrorista coloca a sus actores principales como blancos de amenazas y represalias.

Un impacto negativo en la antesala de la Conferencia Mundial sobre el Clima, COP 21, que se realizará en París del 30 de noviembre al 11 de diciembre, y reunirá a más de 90 jefes de Estado. Acontecimiento que pone en evidencia la vulnerabilidad de los países europeos. El atentado en París genera el repudio colectivo y un sentimiento universal de solidaridad en la comunidad internacional. El presidente de Francia dijo que no tendrá piedad, lo que no marcaría diferencia en la recurrencia de los métodos violentos. Una sociedad civilizada tiene que inspirar sus políticas antiterroristas en el respeto a los derechos humanos, el derecho internacional humanitario y las libertades fundamentales, así como las resoluciones de la Asamblea General de las Naciones Unidas.

La vulnerabilidad es creciente bajo consignas ideológicas y mandatos divinos; el fanatismo está fragmentado y globalizado, lo que conlleva a asociarnos con tendencias equilibradas de las Naciones Unidas que combatan al terrorismo, pero que aboguen por las soluciones diplomáticas y civilizadas para resolver los conflictos, sin convertirnos en blanco de represalias que amenacen la estabilidad democrática del país. La paz mundial camina frágilmente frente a un terrorismo fragmentado que amenaza cada vez más la seguridad internacional. El terrorismo, cualquiera que sea su naturaleza, debe ser rechazado y condenado. Ningún argumento ideológico, político o religioso puede justificar ataques indiscriminados a civiles como recurso para acabar con vidas humanas.

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