PATRIOTISMO

Desfilando seguro: Mario Velázquez Chizmar

Amar la patria rebasa un fogoso cantar el himno nacional, admirar la pollera o exaltarse por la “roja”. Un patriota cabal no vacilaría en arriesgar la preciada existencia por ese amor, pero cual pesadilla recurrente, gobierno tras gobierno nos alejan cada día más de un patriotismo incondicional. Es comprensible que prospere la posición opuesta, ya que las ráfagas contra las garantías ciudadanas y la seguridad jurídica del pueblo son cotidianas.

La coraza para proteger la seguridad jurídica empresarial es patrocinada en todas las instancias.

Pero, ¿qué ocurre con ese “cristiano” que se resbala en un centro comercial, cae al suelo y se lesiona? ¿Con aquella víctima del delito que acude al Ministerio Público y después de varias semanas lo llaman para que cuente otra vez lo que ya contó? ¿Al que le “meten” medicamentos o alimentos vencidos? ¿Al que lo embauca la publicidad engañosa? ¿Al que en el sagrado recinto de su hogar es torturado por el infernal ruido de camiones? ¿Al asegurado que después de años pagando una prima, lo excluyen de la indemnización por una “condición preexistente” o por la letra menuda? ¿Al que saborea aceras deterioradas?

¿Dónde está su seguridad jurídica? Defender estos derechos lo hace a uno acreedor de motes discriminatorios. Pero Panamá necesita urgentemente crear herramientas legales­populares que hagan realidad la seguridad jurídica para todos los ciudadanos, a objeto que el amor patrio alcance las cotas ciudadanas de lograr así un país ordenado, limpio y ecológico. ¿Algún día llegará un gobierno cuya prioridad sea realmente la solución de los problemas más aproximados (o propiciatorios) a una convivencia social plena? Por ejemplo: hacer que los ciudadanos sientan que ellos valen más que el “sagrado” interés privado. Que el ser humano pesa más que el ánimo de lucro. Esta insuficiencia genera un resentimiento en el ciudadano, que se convierte en un rechazo sicológico a las reglas sociales requeridas para vivir en armonía y elevar la productividad. Basta ya de “artificios de carnaval”. La ejecutoria gubernamental auténtica es la que apunta a la calidad humana de la población. ¡Que vivan las obras materiales! Pero para que crezca la humanidad de los pobladores.

Para alcanzar ese amor incondicional, un gobierno debe atacar esas taras que prosperan en nuestro medio social. Ningún sistema político puede ser realmente democrático, si son profundamente antidemocráticos demasiados aspectos del medio social circundante. Una sociedad en desacuerdo consigo misma es cultivo de incesantes conflictos. “El grado en que se logra la democracia se deberá más de una vez a las oportunidades o impedimentos que presenta la sociedad” (Leslie Lipson).

Es imposible esperar verdadero amor patrio, cuando somos patrocinadores de la desigualdad; o verdugos de la libertad; o cómplices del abuso; o sordos, mudos y ciegos ante la injusticia. Ojalá el mes de la Patria abriera la válvula para dotar a los ciudadanos del empoderamiento indispensable que les haría exigible la entrega total a los intereses nacionales. Quienes van a desfilar desean hacerlo con la seguridad de que el futuro será distinto y mejor.

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