EL MALCONTENTO

Los Diablos Blancos y la tumba de Martinelli: Paco Gómez Nadal

Debo ser el único que está feliz con el sistema del Metro Bus. Tengo muchas razones para ello, pero solo les voy a listar las principales. Claro, dirán algunos que la principal es que estoy a algo más de 8 mil kilómetros del Metro Bus más cercano y eso relaja mucho. Es verdad, observo desde la distancia uno de los fenómenos más significativos de los últimos meses. Cuando Martinelli empezó a hacer de las suyas, defendía yo una teoría no muy original: que el presidente empresario pasaría a la gloria o al olvido dependiendo del transporte masivo. Parece que no estaba tan desencaminado y que el olvido viaja sobre ruedas.

En Panamá, para las mayorías –conformadas por desposeídos, empleados de poco salario y por ese ejército que da “forma” a la economía informal–, el tema del transporte público es medular. Lo es porque la ciudad de Panamá ha sufrido un grave y acelerado proceso de gentrificación (aburguesamiento) que ha expulsado a las clases subalternas al extrarradio, lejos de la ciudad “noble”, destinada solo a panameños de clase media alta, extranjeros con recursos y funcionarios internacionales. La mayoría vive fuera: al este en los bolsones como la 24 de Diciembre, Tocumen o Pedregal; al oeste, en las crecientes Arraiján o La Chorrera; al norte, en el incontinente San Miguelito... El proceso que comenzó en la década de 1980 es ahora brutal y uno de los momentos críticos es el de desplazarse a la ciudad, en la que dan servicio a las clases dominantes, venden productos en las calles o buscan la manera de sobrevivir. Cuando una empleada del hogar o un funcionario de la banca salen de trabajar suelen afrontar un recorrido de entre una y tres horas para llegar a su hogar, un drama que siempre ha provocado inmensas filas en las paradas de los buses, desesperación, cansancio, violencia intrafamiliar, alcoholismo y otros daños colaterales.

El Metro era la varita mágica de Martinelli para solucionar este problema, pero hasta él –no muy dado a la racionalidad– entiende que el suburbano no puede dar cobertura a todo ese universo de trabajadores que sostiene con su sudor y padecimiento la ficción de Panamá. Por eso, el Metro Bus, un mal invento a medias de la anterior administración transformado en Frankenstein por la actual, era fundamental.

El Metro Bus es un desastre. Mientras el Gobierno se apresura en convertir en chatarra los denostados Diablos Rojos –por otra parte, símbolo de identidad de la ciudad–, los Diablos Blancos provocan pesadillas peores que los anteriores. Antes se corría el peligro de morir en el camino a casa; ahora se tiene el riesgo de no iniciar jamás esa ruta mortal.

Lo que me hace estar feliz –léase la ironía– es que el Metro Bus, al tiempo que no soluciona problemas, contradice algunas supuestas verdades absolutas de este neoliberalismo estúpido que nos venden envasado. La primera es la de la eficiencia de la empresa privada. En los últimos años se achaca la ineficiencia de cualquier servicio público a la incapacidad del Estado, a la burocracia, a la vagabundería oficial. Pues no, las empresas no parecen ni más eficientes ni más baratas. Es patético seguir el Twitter de Martinelli en el que amenaza a las empresas concesionarias pero no hace nada, porque está “casado” con ellas. El imaginario nos dice que los empresarios exitosos son grandes gestores de lo público. No es así, en esos universos de lógicas contrapuestas las fórmulas de los MBA no trabajan bien.

La segunda es sobre el modelo de transporte. No sé si la solución era descartar los Diablos Rojos o modificarlos. Creemos que lo que funciona en otras partes debe funcionar en todas partes. Y no es así. Para diseñar un modelo de transporte funcional hay que tener en cuenta algo más que la red vial o el presupuesto para comprar autobuses. Los aspectos climáticos, la cultura, los tiempos, el mercado laboral... todo influye a la hora de diseñar fórmulas propias que sean eficientes y útiles para el ciudadano. El tercer mito que destroza el Metro Bus, y no menos importante, es el de la infraestructura como la panacea. Es decir, nuestros políticos se empeñan en prometernos “cosas” y en inaugurar “infraestructuras” a bombo y platillo. Se prometen buses nuevos, escuelas nuevas, centros hospitalarios nuevos... pero no entienden que la calidad de vida no la dan las infraestructuras físicas solas, sino la calidad y la calidez de lo que ofrecen dentro. El sistema educativo es un ejemplo: la calidad sigue siendo un desastre porque solo se contabiliza la cobertura y la cantidad de pupitres. El Metro Bus vuelve a confirmar que la realidad es así.

Los Diablos Blancos pueden ser la tumba política de Martinelli y del CD. Como políticos ya han demostrado sus mañas sucias, como administradores están desnudando su incapacidad. El que paga las consecuencias de tanto experimento es el panameño de a pie. Y a pie seguirá por este paraíso restringido.

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