REFLEXIÓN

Dioses de la política y la humildad: Robin Rovira Cedeño

No quiero demeritar el valor que tienen las encuestas, pero no dejo de pensar que estas le dan a algunos la bonita oportunidad de jugar a ser dioses de la política. Resulta gracioso escuchar cómo algunos juegan con las palabras y los números para impresionar. Esto podría ser, sino normal, sí natural tomando en cuenta que la política es un juego de gente inteligente (aparte de sus connotaciones). Digo juego de gente inteligente, porque si se toma la política a pecho habría balas en vez de palabras, como ha sido en otros países.

Debemos tener presente que una encuesta es un instrumento de percepción o termómetro emocional. Es decir, las personas son impredecibles. Leía hace poco, por ejemplo, la entrevista que le hiciera un periodista de La Prensa al consultor político J.J. Rendón en la que él señalaba que “en plena muerte de Chávez, con el 64% de aprobación, 32 puntos arriba de Capriles, con Semana Santa, 10 días de duelo, días de campaña y, según las cifras oficiales, Maduro bajó 32 puntos en menos de 30 días”.

Debo entender que así como ninguna empresa se funda para perder, sino para ganar, de igual forma ocurre con los partidos políticos. Es por esto, precisamente, que algunas personas piensan que la política es sucia, porque en aras de ganar se puede incurrir en el error de secuestrar la objetividad en la línea editorial de un diario, por ejemplo, o en los comentarios televisivos y radiales.

No obstante, toda empresa tiene una función social también, por lo que debe prevalecer el bien común sobre el deseo desmedido de ganar.

Ahora bien, para ser objetivo se necesita practicar la humildad y esta (independientemente de su interpretación religiosa) es potestad de los grandes y poderosos. Los pobres, debido a sus necesidades de trabajo, comida, vivienda y ropa, entre muchas cosas, se ven obligados a practicar la humildad al punto de perder el honor o el pudor, en algunos casos, a diferencia de los ricos que no tienen mayores necesidades.

Viene a mi mente un chiste sobre un pobre que quiso corregir la dicción de un rico. “No se dice parapsiscología” –le dijo–. Se dice: pa-ra-si-co-lo-gía”. El rico le miró de soslayo y de manera pausada y acentuada le contesta: “El-que-tie-ne-pla-ta-ha-bla-como-le-da- la-ga-na”.

Admiro a aquellos grandes y poderosos que sin necesidad de practicar la humildad, son humildes. Con justa razón escribió José Martí: “El hombre fuerte aún al caer sonríe”, pero los débiles se ofenden y se amargan por todo. También me causa admiración el soldado que teniendo ventaja sobre el enemigo, practica la humildad hasta el grado de ser compasivo con el herido en combate. Actúa así porque su fortaleza no descansa en su arma de guerra, sino en su convicción de que pelea no para beber la sangre del enemigo, sino para asegurar los derechos, privilegios y la libertad de su pueblo.

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