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IDENTIDAD

Diputado sin banderas: Jorge Iván Mora

Al marco de la nefasta campaña para eliminar el programa de regularización de inmigrantes conocido como Crisol de Razas, se suma ahora la iniciativa del diputado del Partido Revolucionario Democrático (PRD) Javier Ortega. Una ley que prohíbe la exhibición y circulación o fijación de banderas de distintas nacionalidades en territorio nacional.

Dijo que no se trataba de xenofobia. Y que la propuesta se inspiraba en sus observaciones en otros países donde no ve banderas panameñas por todas partes.

Según nota de prensa, el anteproyecto prohíbe desplegar las banderas extranjeras en los centros comerciales, restaurantes y centros recreativos, en eventos de todo tipo, residencias, colegios públicos y privados, calles y avenidas del país.

¿Si el contenido de este anteproyecto no es xenofóbico, entonces qué es?

A la luz de las ciencias sociales, lo que ha hecho Ortega es afirmar un discurso por medio de juicios de valor que responden a su visión ideológica sobre un hecho razonablemente espontáneo, la exhibición de diversas banderas del mundo en sitios públicos y privados.

Las banderas nacionales son el alma de los individuos en unos colores. O en un trozo de tela. Su uso muy popular, sin tanta gravedad o majestuosidad, no busca rechazar o perseguir a otros, solo simbolizar una identidad cultural.

Los colores de las banderas son usuales en trajes y aderezos deportivos, campañas, artesanías, diseños publicitarios, centros comerciales o tiendas que emblematizan la multiculturalidad de sus servicios y productos, o restaurantes con identidad gastronómica, abiertos a todo el que quiera ir.

Al diputado Ortega le parece que esto no es correcto. Y empodera su discurso con la chabacanería moral de quien cree que su anteproyecto de ley contribuye a las buenas prácticas de ornato de la ciudad, y en la certeza de que siendo presidente de la Comisión de Asuntos Municipales de la Asamblea, con su despropósito está haciendo patria.

El libre derecho de expresar sentimientos individuales y comunitarios a través de símbolos de uso eminentemente popular y espontáneo, como los colores de una bandera, van a quedar constreñidos si el arrebato legislativo de Ortega prospera.

Y aunque no lo entienda, con su gestión Ortega induce a la xenofobia.

Dicen los que saben sobre estas cosas relativas a la lingüística, a la neurolingüística, la semiótica y semántica, que al unir el lenguaje con la vida en sociedad, obtenemos los discursos.

El de Ortega, es paradójico. Vive y opera políticamente en Río Abajo, uno de los sectores donde reside una de las comunidades más segregadas y reconocidas por su obligada condición emigrante: la etnia negra.

Y en el condado de Brooklyn, en Nueva York, donde se concentran mayormente los emigrantes panameños afrodescendientes, abundan las banderas panameñas, los trajes deportivos, los símbolos, las artesanías, los aderezos, los programas culturales con sabor panameño, los restaurantes, los bares, las añoranzas y melancolías. Los alcaldes neoyorkinos apoyan todo eso.

Aquí, en Panamá, crisol de razas por naturaleza, no es correcto. Es la bandera política del diputado que no tiene banderas. Salvo la xenofóbica.

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