RECUERDOS Y ANÉCDOTAS

El legado del Dr. Arnulfo Arias: Alfredo Arias Grimaldo

El miércoles 10 de agosto de 1988, Jorge Pacífico Adames, Napoleón Salazar, José Salvador Muñoz, Toty Bares, Joaquín Franco y mi persona nos reunimos en las oficinas de Guillermo Endara, como lo hacíamos casi todos los días. Eran los años de la crisis y analizábamos la política nacional.

Ese día, tras la reunión llamamos al Dr. Arnulfo Arias Madrid, exiliado en Miami. La llamada se hizo a la 1:00 p.m., la contestó su esposa Mireya Moscoso de Arias, quien, entre sollozos, nos dio la terrible noticia, “el doctor ha muerto”. Eso había ocurrido 15 minutos antes. El shock nos abrumó, nos sentimos sorprendidos y adoloridos. Le dije a Mireya que partiría en el primer avión y sumé a mi primo Gilberto Arias, a mis sobrinos Harmodio y a Antonio Manuel Arias. Esa fue la reducida comitiva.

En Miami, el cuerpo había sido trasladado a una capilla de servicios funerarios y allí nos encontramos con Carlos Rodríguez (quien se portó como un hijo de Arnulfo), y con su gran amigo Pancho Aguirre, quien había volado desde Washington. Estaban presentes, también, amigos exiliados en Miami como mi hermano Tomás Arias, el Dr. Carlos John Adames y esposa, el Dr. Chocho y otros. En la velación yo no quise verle la cara; preferí que mi último recuerdo fuese el de su semblante feliz y familiar; también él le había pedido a Mireya que su ataúd careciera de una tapa de vidrio, pues quería que lo recordaran como siempre lo habían visto en vida.

Al regreso, el sábado a las 7:00 p.m., nuestro avión aterrizó en Tocumen. De allí salimos a las 9:30 p.m., debido a los trámites pertinentes. El aeropuerto estaba inundado de gente. Recuerdo que cuando Gilberto Arias y Carlos Rodríguez fueron a supervisar la bajada del ataúd del avión se encontraron con agentes de G-2 que querían violar la caja funeraria, por instrucciones de Noriega. Supongo que querían cerciorarse de que el cadáver era, ciertamente, el de Arnulfo. Esta acción motivó un fuerte intercambio de palabras y, finalmente, dejaron en paz el cadáver.

A la 1:00 a.m. llegamos a la Catedral Metropolitana. Mucha, mucha gente se concentró, en una cita espontánea, en la vía de Tocumen; parados en los hombros de la carretera con velas encendidas y, en otras calles, obstruían el tráfico fluido de automóviles, conjugados en esa despedida como un repudio al régimen que nos asfixiaba. Cerca de cinco horas tardó el recorrido hacia la iglesia Catedral. Al llegar y llevar el ataúd en andas por el pasillo principal, se escuchó un grito a todo pulmón: “Viva Arnulfo Arias, carajo”, era de voz de Juan Bautista Chevalier.

Noriega quería brindar un funeral de Estado y para ello comisionó al arzobispo de Panamá, monseñor Marcos Gregorio McGrath. Mireya se opuso a que los militares, quienes le habían dado un golpe de Estado al Dr. Arias, presidente constitucional de la República en 1968, fueran, precisamente, quienes ofrecieran ese funeral de Estado. Ante la negativa, Noriega solicitó el traslado del cuerpo a la iglesia de Santa Ana, lo que también fue rechazado por su esposa. Lo único que se pidió fue la colaboración del Cuerpo de Bomberos de Panamá y un carro bomba para que transportara el féretro hasta el cementerio.

A las 4:00 a.m. abandonamos la iglesia, junto a Mireya. Un auto policial nos detuvo en la Avenida Balboa, los agentes nos pidieron nuestras identificaciones y al reconocer a la viuda, le dieron el pésame; le manifestaron que eran de raíces arnulfista y nos dejaron continuar.

Ese día, la iglesia Catedral parecía un santuario al que miles y miles de peregrinos acuden. Personas de todo el país y de variados estratos socio económicos y tendencias religiosas y políticas iban a rendir un póstumo saludo al hombre que quiso que en su lápida se escribiese: “Dr. Arnulfo Arias, servidor de la nación panameña”. Allí se encontraban copartidarios, simpatizantes y adversarios políticos que reconocían su grandeza.

El domingo en la mañana, más de un centenar de jóvenes de Santa Ana irrumpieron en la Catedral, tratando de llevarse el féretro a su iglesia, aduciendo que Arnulfo se debía a su barrio y a su iglesia. Al licenciado José Salvador Muñoz y a mí, nos tocó dialogar con ellos y traer, también, al párroco de esa iglesia para que depusieran su actitud.

El lunes 15, aniversario de su nacimiento, en una misa campal que abarcaba el parque de la Independencia y sus alrededores se le dio su último adiós. A mi hija, Mercedes del Carmen Arias, le tocó leer, por parte de la familia, una oración de despedida. Las cámaras de Univisión la enfocaron llorando. Sobre esa misa hay un lienzo titulado “El último adiós”, que plasmó la impresionante y multitudinaria concurrencia. De la Catedral salió, a pie, el cortejo fúnebre, a eso de las 2:00 p.m., y llegó al Jardín de Paz cerca de las 8:00 p.m.

La ruta fue por la Avenida Central hasta la Plaza 5 de Mayo, continuando hasta la iglesia de Don Bosco, en donde repicaron las campanas; seguimos por la Vía España, luego nos dirigimos a la Avenida Ernesto T. Lefevre hasta el Jardín de Paz. A la altura del restaurante Waikiki se escuchó en un coro espontáneo: “Se siente, se siente Arnulfo Presidente”.

Los balcones y calles estaban abarrotados de personas, cual abejas en un panal.

El espectáculo que se dio en el Jardín de Paz es digno de un escenario de película. Había miles y miles de velas encendidas que de forma improvisada se recabaron para iluminar el acto, cual estrellas en el cielo, iluminando una noche oscura.

La tumba en la que reposan los restos fue cedida por Carlos Rodríguez.

Han transcurrido 23 años desde su desaparición física y aún retumban los tambores de su doctrina en el partido. Su legado no deberíamos dejarlo perder. Hay que regresar a las raíces, y para llevar a cabo su sueño, hay que unificar a todas las corrientes. Él lo hizo hasta con sus adversarios, los liberales, pero por un Panamá mejor para todos los panameños, especialmente, los más necesitados.

Hoy existe un relevo generacional que no debe olvidar la visión y norte del partido: Panamá y su pueblo. El querer emular su titánica figura será un apostolado de disciplina, sacrificio y amor patrio. A juicio mío no existirá otro Arnulfo Arias.

A Juan Carlos Varela le digo que continúe por la senda de Arnulfo, el camino se hace al andar.

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