PROCESO DE TRANSFORMACIÓN

Educación, libertad y apertura social: Paulino Romero C.

El marco y norte de la educación es el hombre, con la dignidad y responsabilidad que le son propias. Como la educación es un proceso único y forma parte esencial de la acción del Estado, dirigida a preservar valores esenciales y provocar los cambios estructurales que necesita, resulta evidente la necesidad de renovar la organización institucional presente. La planificación integral de la educación se inserta en un proceso de transformación general del país y quiere ser dentro de ella, un empuje decisivo hacia la afirmación del hombre.

La libertad no es un valor abstracto, no es una virtud atribuible por la sola determinación jurídica; la libertad se vive en la expansión de las posibilidades humanas y es a la motivación directa y concreta de estas posibilidades que debe enfilar una educación bien concebida y planificada. El hombre es libre en la medida en que es creación, en que transforma la realidad para testimoniar en ella su espíritu; el hombre es libre en la medida en que es encuentro y diálogo con los otros hombres, en que supera el estrecho dominio de su yo para encarar tareas comunitarias en un intercambio sin coacciones.

Dos de los objetivos fundamentales de la nueva educación, son: trabajo y comunidad. La planificación integral de la educación marca la transformación de nuestra educación, desde una época que ha estado retraída sobre sí misma, desarraigada del cuerpo social, moviéndose en un ámbito disfuncional (preparando para tareas inadecuadas a la realidad económico-social del país), hacia una etapa de apertura social e histórica.

La primera meta de esta apertura es la asociación de la educación al proceso de desarrollo económico y social que el país se propone, con la finalidad de que la educación cumpla su tarea en él y sirva, además, de factor dinámico y orientador del mismo. Debe estructurarse la educación de tal manera que prepare al joven para un trabajo que el país necesita y que, por tanto, le ofrezca posibilidades de desarrollo personal en todos los planos. En este sentido, el destino de la planificación integral de la educación es solidario del destino general por mejores niveles económicos y sociales que el país emprenda.

No se trata de estrechar los fines educativos en una mera operación “ocupacional”. La preocupación por adecuar educación y desarrollo responde al convencimiento de que el logro espiritual del hombre hunde sus raíces en las tareas primarias de su vida. La existencia humana está esencialmente incorporada a los órdenes materiales, sociales e históricos, y la educación no puede ignorarlos. La contradicción irreductible entre técnica y humanismo es cosa que pertenece al pasado.

El segundo aspecto de esta apertura es la necesidad de preparar al joven en aquellas disciplinas que le den la posibilidad de una integración crítica y creadora al medio. La historia, la sociología, la geografía, la economía, con especial y enfática referencia a nuestro país, han de ser los principales vehículos para que el joven obtenga la lucidez indispensable para realizar concretamente su libertad. En una época de masificación es imperioso dar al espíritu de los jóvenes una vocación de verdad y de crítica, sin la cual toda invocación a la libertad es vacua.

La apertura social de la educación solo se dará en el estudio, la investigación, la crítica; en la preparación de un hombre capacitado por la seriedad de su formación espiritual, para ejercer la libertad que nuestro sistema democrático le brinda. Esa apertura se concreta en cuatro categorías básicas que deben definir la labor educativa desde su metodología a sus fines: participación, protagonización, transformación, compromiso.

Por la participación, el estudiante sentirá como propias las necesidades del país, asumiendo una identidad sustancial entre el destino subjetivo y el destino objetivo de su comunidad. Por la protagonización, esa identidad adquiere el carácter de función social, contrayendo la vocación personal a un cauce creador, armónico con las funciones genéricas que el país reclama. Por la transformación, la modificación subjetiva del educando deberá proyectarse en el sentido de una transformación integral de la Nación, abocada a la modelación del contorno físico natural acorde a los fines del desarrollo económico y social.

Finalmente, el sentimiento de la autorrealización deberá concretarse en el pleno sentir de que la marginación social de los individuos constituye un antivalor, de perfil lateral, respecto a las exigencias históricas que reclama una ética de compromisos con los más altos fines de la Nación panameña.

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