INTERESES Y LASTRE POLÍTICO

Educación, la misma historia: Ramón A. Mendoza C.

Ya resulta engorroso escribir sobre el tema de la educación en Panamá. Todos los sectores involucrados dicen saber y entender que la educación nacional anda dando tumbos y traspiés, que se requiere una revisión o reingeniería educativa. Diálogos, mesas, concertaciones, consultorías, conferencias y programas van y vienen, pero el mal persiste. Siendo la educación la herramienta básica para el desarrollo, esta no avanza, a pesar de que los índices de crecimiento económico se disparan.

¿Qué pasa, si el presupuesto educativo es uno de los más cuantiosos del presupuesto nacional? Pareciera que en adición a los males educativos que todos conocen, existen causas subyacentes que han llevado y que llevarán a cualquier reforma a producir resultados limitados. ¿Cuáles son los males atávicos que condenan a que nuestra educación sea calamitosa? Históricamente, el Ministerio de Educación ha sido un organismo politizado. El mejor programa educativo en manos del ministro más competente no dará frutos, si el teléfono ministerial suena constantemente para solicitar favores, colocar adeptos a partidos o políticos o para requisar partidas no ejecutadas y transferirlas para solventar otras “necesidades”. Esto origina una burocracia ineficiente que se convierte en un lastre para el organismo educativo.

Por otra parte, es difícil avanzar cuando los gremios docentes se convierten en bandas organizadas que utilizan la fuerza del chantaje para imponer condiciones al desarrollo educativo. Docentes que han perdido el horizonte de la vocación y la dedicación, se han convertido en simples asalariados, ansiosos de lograr cuanta ventaja personal sea posible, aun sacrificando la calidad de la educación que deben impartir. Son empleados de “puntos”, me decía una experimentada docente; algunos carentes de elementales bases educativas y culturales, y muchos con el agravante de padecer de una crónica anemia moral. No puede cultivarse una adecuada educación cuando los valores culturales y educativos no están en la mira de los gobernantes. La educación no da votos. ¿Han visto en alguna campaña política obsequiar libros, calculadoras científicas, financieras, telescopios o microscopios? No. No hay que ser un Nostradamus para darnos cuenta de que la preocupación por mejorar la educación no está en la agenda de prioridades de los diputados. A la clase política no le interesa que existan votantes bien educados, pues la mayoría no pasaría el tamiz inteligente de un escrutinio racional y moral. Es bueno para los políticos mantener ciudadanos sin educación, personas que han perdido su dignidad y valor, transformados en dependientes de subsidios y canonjías.

Por la carencia de estadistas en este país, dirigido por gobernantes sin liderazgo, rodeados de aduladores, ineptos y ladinos que aprovechan la simbiosis con el poder para su beneficio, se ve a la educación como una amenaza, pues un pueblo educado puede ser una barrera de contención a sus propósitos. Por último, una población amorfa, sumida en banalidades, incapaz de apreciar sus posibilidades y sumergida en una cultura de antivalores, tal vez producto de décadas de mala educación, rechaza el peso y responsabilidad de una mejor educación y, mientras se embriaga con trivialidades, sus hijos, sin guía ni control, se suman a los miles de panameños que no sabrán aprovechar las oportunidades que esta tierra brinda, que los foráneos sí explotan, mientras ellos les sirven en la trastienda, lavan platos o se parten las espaldas cargando sacos de arena y piedra, bajo la inclemencia de un sol calcinante. Nuestra educación requiere de la voluntad y honestidad de los gobernantes, disciplina y rigurosidad del ministerio y un profundo compromiso de los docentes. Mientras estas piezas no embonen, nuestra educación será la historia de siempre.

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