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ENCRUCIJADA

Elegir al menos malo: Jorge Luis Macías Fonseca

El solio presidencial se convierte en la principal y más importante posición del Estado panameño. Quienes aspiran a ocuparlo deben estar dotados de una serie de cualidades que les permitan conducir y administrar, con eficiencia, la cosa estatal. Los aspirantes deberían estar más allá de toda duda.

Obviamente, no se trata de que reúnan la suma perfección, pero al menos deben tener una clara conciencia de la mayúscula responsabilidad que se asume cuando se convierten en Presidente de la República.

El Presidente es la cara más visible del país. Es el primer y más importante ciudadano, en una frase, es el más ilustre representante de todos los asociados de la nación.

No obstante, en la carrera hacia la Presidencia, los protagonistas son caracterizados de tal manera que se generan muchas interrogantes alrededor de sus figuras, por lo que pareciera que la majestuosidad del cargo presidencial entraría en un serio dilema si gana alguno de ellos.

Todo esto obliga a los votantes a pensar y repensar en los aspirantes.

La descripción de los dos más grandes candidatos opositores al régimen de turno coincide en su inacción y holgazanería como sus principales características. Uno es calificado de botella grande y el otro, de vago absoluto. Son dos condiciones nada beneficiosas para quien busque ocupar un cargo que, por su naturaleza, demanda trabajo y dedicación.

Si, por ejemplo, es cierto que uno cobra sin trabajar, aun cuando el destino de los dineros sea para una causa noble, se desnaturaliza la intención, porque es producto de una irregularidad que no se puede justificar por ningún motivo. Si se cobra sin trabajar, se pudiese estar en el camino de una lesión al patrimonio.

De la misma manera, si el otro no puede mostrar sus realizaciones al frente de un despacho alcaldicio y remite a las páginas de internet, como una clara evasiva para no dejar al descubierto la inmovilidad, eso constituye una irresponsabilidad, y debe ser observada con mucha preocupación.

La rendición de cuentas es hoy uno de los principales instrumentos de la gestión pública.

El señalamiento sobre el “enmascaramiento” de un colectivo de izquierda –para algunos en esencia burgués– pareciera hacer incrédula la pureza de su candidato presidencial. Por otra parte, el aspirante independiente es señalado como traidor y ficha del oficialismo. Así se cierran las caracterizaciones de los candidatos que no responden a la filosofía gobiernista.

El candidato plenamente identificado con el gobierno es tenido por huidizo, protegido, manipulado y arropado por el poder político, en aparente claridad de que no tiene independencia y, peor aun, carece de la capacidad de “hacer” en el futuro gobierno.

No cabe duda de que los panameños estamos ante una encrucijada respecto a quién debe ocupar el cargo de Presidente de la República.

De pronto nos tocará elegir al menos malo, con el riesgo de que la demagogia, siempre presente, pueda ocultar las verdaderas intenciones.

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