MALCONTENTO

Eliminemos el Ministerio de Educación: Paco Gómez Nadal

Un habitual de mis pesadillas me acaba de dar una magnífica idea. El actual ministro de Trabajo y Desarrollo Laboral, Luis Ernesto Carles (¿lo recuerdan como viceministro en la era Martinelli, tembloroso, tratando de tapar los muertos y tullidos en Changuinola?) me ha animado a avanzar en mi propuesta de ajuste de las oficinas públicas. Si hace unas semanas animaba yo al Gobierno a cerrar el Inac para sincerar su desinterés absoluto por el mundo de la cultura, ahora, tras leer una alucinante entrevista con el ministro Carles, sé que debemos echar el cierre al Ministerio de Educación.

Lo siento por Marcela Paredes, pero es que Carles ha dado con la clave y ha hablado sin tapujos: “Que los padres de familia se quiten el tabú de que todos nuestros hijos tienen que ser profesionales. Nuestros hijos pueden ser técnicos. En una formación de uno o dos años, puedes ganar más salario que en una carrera de cinco o seis años”. Ese es el tema, el salario, porque por lo demás, a Carles le parece ridículo que se gradúen de las universidades personas que eligen estudios no especializados en lo que pide el mercado laboral.

Es decir, el ministro de Trabajo ha acabado de un plumazo con todas esas bobadas del desarrollo personal, la formación de ciudadanos, la emancipación a través de la educación, la creación de capacidades, o la sociedad del pensamiento. Visto sin tapujos, pues tiene razón: ¿Para qué quiere un panameño pensar? Su único interés debe ser hacer la mayor cantidad de plata posible al mes para comprar carro y casa y para llenar los florecientes negocios que un país tan atractivo abre (y cierra) cada mes.

A Carles, según la entrevista publicada, le molesta especialmente la graduación masiva de abogados (su único título, por cierto). Ya lo entiendo. La casta política de Panamá preferiría que hubiera muchos menos. Pero no hace referencia a la formación de historiadoras, geógrafos, filósofos, periodistas, pintores, sociólogos, biólogas, escultores, músicos o politólogas. Es evidente: no le molesta porque, en la práctica, casi nadie se gradúa de esos estudios que el mercado laboral no reclama.

El ministro de Trabajo es la respuesta a la plegaria de los empresarios y de los dictadores: encargado de fomentar una sociedad de técnicos que no piensen mucho y que, tras la zanahoria del salario, renuncien a cualquier sueño que no se traduzca en contrato. Por ello, hay que quitarle obstáculos para cumplir con su misión y el Ministerio de Educación (no este Ministerio de Educación, por supuesto), es una piedra en tan glorioso camino.

La verdad es que lo terrorífico es que nadie se escandalice ante la pobreza intelectual y el prurito devastador que muestran ministros como Carles. Panamá necesita reconstruirse, alejarse del país de piratas, buscar horizontes fuera del individualismo feroz y de la hegemonía del centro comercial en que subsiste la población. Pareciera que toda la política pública está orientada, exclusivamente, al enriquecimiento sin límite de unos cuantos. ¿He escrito “pareciera”? Disculpen: la política pública está orientada sin disimulo al enriquecimiento (legal, que no lícito) de unos cuantos. Se construyen líneas de Metro no para mejorar la calidad de vida de la gente, sino para que lleguen a tiempo al empleo una vez que se los ha expulsado de la ciudad al extrarradio; se dan becas y subsidios solo para que no haya cortes de calles ni protestas; se organizan fiestas populares para que el pueblo se olvide de que no está invitado al festín principal.

Panamá necesita músculo allá donde a Carles le molestaría: en el pensamiento crítico. Nada parece haber cambiado. Simón Rodríguez ya lo describía en 1794 al establecer criterios educativos para la Nueva Granada: “Aquellos [los blancos y nobles] han de contribuir al bien de la patria ocupando los empleos militares y políticos, desempeñando el ministerio eclesiástico, estos [los pobres] han de servir con sus oficios no menos importantes y por lo mismo deben ser atendidos en la primera instrucción”.

En estos gobiernos nuestros protocoloniales huele a incienso y a clases. Los hijos de las familias pudientes se pueden permitir elegir estudios artísticos u otras áreas de conocimiento “inútiles” a los ojos de Carles y de Simón Rodríguez. Los pobres deben conformarse con los oficios (los estudios técnicos), tan necesarios para el desarrollo de la patria y tan bien pagados. Esta triste realidad a veces, solo a veces, parece la repetición de una vieja pesadilla.

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