RIQUEZA CULTURAL

De Elvira a Lucrecia, una rapsodia a los bosques: Pedro Sitton

Cuando en 2008 el novelista francés Jean–Marie Le Clezio en su discurso oficial de aceptación del Nobel de Literatura le dedicaba dicho premio a Elvira, una indígena emberá, una mujer que tenía habilidades para narrar calificándola de artista. Yo no terminaba de entender claramente cómo un intelectual europeo de su talla podía expresarse de esa manera de una miembro de una etnia indígena de mi país, y hasta vergüenza sentía de mí, por no haber tenido la experiencia que nos narraba en su disertación ante la academia sueca.

Para el Nobel francés, en su discurso titulado “En el bosque de las paradojas”, Elvira era “poesía en acción, teatro antiguo, y la más contemporánea de todas las novelas al mismo tiempo”. Además, seguía describiendo Le Clezio, en su discurso de antología, que “ella era todas esas cosas con fuego, con violencia; ella inventó, en la oscuridad del bosque, entre el envolvente sonido de insectos y ranas y el aleteo de los murciélagos, una sensación que no podía ser llamada de otra manera más que belleza. Como si en su canción cargara el auténtico poder de la naturaleza, y esto era seguramente la más grande paradoja: que este lugar aislado, este bosque, tan lejos como podía imaginarlo de la sofisticación de la literatura, era el sitio donde el arte había encontrado su más fuerte, su más auténtica expresión”.

Pues bien, el hado de la fortuna o los vericuetos de la vida misma me llevaron este año a experimentar, proporciones guardadas, las mismas sensaciones que las que nos narraba Le Clezio le había producido la rapsodia indígena en sus noches vividas, a inicios de la década de 1970, en las tierras del Darién con los emberá.

Ella, obviamente no era Elvira, pero sí una heredera y guardiana de sus cuentos y de sus formas primarias de narración. Se llama Lucrecia y, con el timbre de su voz y con el ritmo golpeando contra su pecho, lograba transmitir todas las emociones que le producía el hecho de que, tras más de cuatro décadas, su pueblo, el emberá purú, fueran oficialmente titular de la tierra ancestral, la de Arimae, en la que habían vivido.

Las tradiciones, los mitos, los cuentos y narraciones de nuestros pueblos indígenas están allí. Se transmiten como literatura pura y originaria. Toca a nosotros volver a nuestros orígenes y escucharlas en los bosques, porque tanto Elvira como Lucrecia, mujeres emberá, tienen canciones llenas del auténtico poder de la naturaleza.

Le Clezio descubrió en su vivir con las comunidades emberá del Darién una de las más grandes paradojas: “que este lugar aislado, este bosque, tan lejos como podía imaginarlo de la sofisticación de la literatura, era el sitio donde el arte había encontrado su más fuerte, su más auténtica expresión”. Es hora que nosotros los panameños también la empecemos a descubrir.

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