EL MALCONTENTO

Enseñar a ser humano: Paco Gómez Nadal

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Enseñar a ser humano: Paco Gómez Nadal

Si en algún momento se hace evidente el fracaso de una sociedad es cuando la exclusión es el eje de las relaciones humanas. Da igual la razón (la identidad de género, las creencias religiosas, el color de la piel o el modelo de celular que se carga): la exclusión es un bumerán que siempre se nos vuelve en contra.

Las escuelas, las universidades, las iglesias, las familias suelen ser, para nuestra desgracia, espacios de fijación de prejuicios, lugares de formación de las mentalidades sumisas que prefieren asirse a las mentiras compartidas basadas en pensamientos únicos antes que abrir la mente a la fantástica diversidad de nuestras sociedades. Suele haber un pensamiento único predominante, el que llamamos hegemónico, y ese hace que las personas que no encajan en el modelo tipo tengan que vivir en el silencio, en la mentira, en el secreto de sus propias opciones.

En el caso de Panamá, no deja de asustarme la fuerza de las ideas excluyentes en las que se educa y desde las que, en muchas ocasiones, se gobierna. Son cientos de casos de discriminación racial los que se registran al año, son muchos los programas de televisión o las publicidades sexistas, machistas o racistas, es habitual la mirada soberbia hacia los nadie propios o ajenos, es un debate siempre inconcluso el de la xenofobia esquizofrénica en un país genéticamente construido con migrantes…

La situación es dramática cuando es desde las instituciones del Estado desde las que se impone la mirada excluyente sobre la vida. En la teoría política contemporánea occidental, el Estado debe ser el principal garante y promotor de los derechos humanos y de la convivencia (eso dice la teoría). Pues miren lo que ocurre en Panamá. Hace unos días, una amiga –a la que respeto sobremanera por su compromiso con la convivencia y con la cultura del cuidado y el respeto al otro– fue invitada a la Escuela de Oficiales de la Policía (CES Dr. Justo Arosemena) para introducir el tema de “Género y violencia”. La Escuela de Oficiales presume en sus principios de proporcionar una educación basada en “sólidos principios éticos y morales, centrada en valores; que harán del oficial de policía un servidor público de reconocida probidad, respetuoso de la Constitución y las leyes”. Sin embargo, cuando mi amiga, una experta reconocida en el tema de género, mencionó la diversidad sexual como uno de los elementos a tener en cuenta, le cayó una lluvia de críticas fanáticas de los 40 capitanes aspirantes a mayores. Que si la Biblia era clara en que solo había dos sexos (típica confusión entre sexo y orientación sexual), que si la homosexualidad es una aberración, que si no es natural, que si la psicología no es una ciencia…. En fin, que les faltó negar la Teoría de la Evolución, quemar unos cuantos libros de filosofía e invocar todos de la mano a Dios para hacer un exorcismo a mi amiga.

Escribe la ponente vapuleada: “Me quedó la preocupación de que si así reaccionan frente a una persona que ‘ellos’ habían invitado, que era heterosexual y adulta, cómo reaccionarán frente a una persona homosexual o transgénero”.

El miedo a la diferencia (y por tanto su demonización) no es fruto de la ignorancia, sino de un cuidadoso proceso de “educación” dogmática que cuando apela a los valores suele referirse a los religiosos, que busca la perpetuación de unos prejuicios que solo llevan a la violencia, y que considera que la ética propia es la elegida y que, por tanto, está en permanente cruzada contra la ética de “los otros” (los musulmanes malísimos, los agnósticos desnaturalizados, las perversas feministas o los ñángaras como yo).

Aún estupefacta, mi amiga tiene la serenidad para lanzar una alerta: “Es sumamente preocupante y peligroso cuando se mezcla la religión en las instituciones del Estado, porque se presta a la violación de los derechos humanos de las minorías”. Y lo dice en uno de los pocos países que constitucionalmente sigue declarándose de una sola religión, con un presidente manifiestamente “iglesiero” y una primera dama que ve en Dios al presidente de la Corte Suprema de Justicia.

Panamá no es única en esta ceguera cargada de “valores”, pero sí vive anquilosada en un estado de fanatismo muy peligroso para la convivencia social. Escribía hace muchos años el comunicólogo Vicente Romano que “los estereotipos, el fanatismo, el dogmatismo y la intolerancia generados por unas condiciones de alienación en las que los pocos hacen el agosto a costa de los muchos, se pueden y deben combatir con una elevada cultura de diálogo, con una comunicación democrática, participativa, multidireccional, y no unidireccional, esto es, interesada y, en última instancia, violenta”. Se trata, al fin y al cabo, de enseñar (nos) a ser humanos, no a ser piezas reproductoras de un engranaje excluyente que solo beneficia a unos pocos. Ser humano no es ser igual a los otros, sino ser equivalentes en derechos en una sociedad rica por la pluralidad respetuosa que la abona.

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