CORRUPCIÓN DE FUNCIONARIOS

Entran limpios y salen millonarios: Fernando Gómez Arbeláez

Entre las consignas publicitarias de mayor impacto en la campaña presidencial de 2009, destacaba una que resaltaba la corrupción tan característica de aquellos políticos que participan en un gobierno con el único fin de robar. La frase “entran limpios y salen millonarios” trillaba una verdad de a puño, categórica e innegable al describir, en pocas palabras, la deshonestidad imperante, gobierno tras gobierno. Recordaba también a la impunidad, esa injustificable falta de justicia que permite a los funcionarios disfrutar con tranquilidad de lo robado, sin ser objeto de sanción alguna.

Lanzada por el entonces jefe de esa campaña –hoy un exministro caído en desgracia gubernamental– la frase ayudó a llevar al triunfo en las urnas a quienes prometían ser “el verdadero cambio” político, incluso en materia de corrupción, impunidad e institucionalidad. En la campaña de 2014, sin embargo, la frase y su significado han desaparecido. Los políticos, hoy funcionarios, que como candidatos tanto la pregonaron cinco años antes, ahora no quieren acordarse de ella. ¿Será porque en este gobierno nadie entró limpio y ahora está millonario?

Que se recuerde, a pesar de las promesas electorales, tampoco se encuentran antiguos funcionarios de jerarquía en pasados gobiernos que hubieran sido procesados a partir de 2009, mucho menos condenados en este periodo por delitos contra la cosa pública. Tal situación se ha dado por más que, en sus casi cinco años de gobierno, el presidente Ricardo Martinelli ha nombrado a tres procuradores generales de la Nación como autoridades máximas del Ministerio Público y a seis magistrados de la Corte Suprema de Justicia. La contralora General de la República, quien tiene a su cargo ciertas investigaciones sobre el manejo de recursos del Estado, era incluso funcionaria subalterna del Presidente en sus empresas particulares. ¿Será porque, en realidad, en pasados gobiernos nadie entró limpio y salió millonario?

De forma trágica para el erario, la justicia y la moralidad del país, las realidades han sido muy diferentes a las prometidas en 2009. “Entran limpios y salen millonarios” fue convenientemente engavetada por la actual campaña oficialista. Los ejemplos de corrupción en este gobierno abundan. Solo el año pasado se aprobaron dos leyes, ambas de inmediato sancionadas por el Ejecutivo, que patrocinan la corrupción de funcionarios: la Ley 33, que establece una ineficaz e inoperante “Autoridad Nacional de Transparencia y Acceso a la Información”, y la Ley 35, sobre el procedimiento para la extradición de extranjeros, en la que los diputados de gobierno colaron de forma silenciosa una modificación al Código Procesal Penal con la que redujeron los plazos de prescripción de los “delitos de peculado, enriquecimiento injustificado y delitos patrimoniales contra cualquier entidad pública” (Art. 116, 3).

Es seguro que cada quien conoce del caso de uno que otro funcionario que en 2009 estaba “limpio” y que por arte de corrupta magia gubernamental ya se ha convertido en millonario.

Hace unos días, revisando mis archivos, hallé copia de cierto mensaje enviado en 2009 a un vocero de la campaña del actual Presidente. Como el personaje no se caracterizaba por su integridad ni honestidad, escribí el mensaje parafraseando la consigna electoral como una premonición: “Entran en Volkswagen y pronto tendrán BMW”. Mi apreciación era lógica. El ambicioso vocero, agobiado por deudas, vivía con estrecheces y privaciones que a duras penas intentaba compensar con préstamos que no pagaba. Había manejado, por años, un viejo Volkswagen azul oscuro de segunda mano, heredado de un familiar residente en California. Su objetivo era que su candidato, como instrumento de ambición personal, lo habría de sacar de la indigencia. La política se convertiría en su “salvación” económica y financiera. Mis palabras, para menoscabo del Estado, resultaron proféticas. A partir del 1 de julio de 2009, el hasta entonces vocero fue nombrado alto funcionario. Y en efecto, el viejo Volkswagen le dio paso a un nuevo y lujoso BMW, el primer carro salido de una agencia que pudo comprar en su vida.

Este funcionario había comenzado el año viviendo en un modesto apartamento prestado, pues no tenía con qué pagar alquiler luego de haber partido de su hogar familiar. Pero apenas dos años después, en 2011, el mismo que había mendigado un techo ajeno ahora residía, con comodidad, en un amplio apartamento frente al mar en la zona más cara de Costa del Este. Y mientras que en 2009 pedía prestado a un familiar un pequeño lugar de playa para pasar algunos fines de semana, luego no solo adquirió esa propiedad sino también una costosa casa de mar con avalúo millonario. ¿Quién investiga al corrupto funcionario? ¿Un auditor de la Contraloría? ¡Pero si la contralora ha sido su compañera de trabajo, de partido y de campaña!

Queda demostrado que en menos de cinco años un funcionario deshonesto puede entrar “limpio” y en efecto convertirse en millonario. ¿Vamos a permitir los votantes que una historia de corrupción como esta se repita en los próximos cinco años?

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