LÍO DIPLOMÁTICO

Escandalosa reconciliación con la cordura: Víctor Paz

He escrito muchas veces sobre la desafortunada actuación de nuestro servicio diplomático y de los inoportunos pronunciamientos internacionales del mandatario. Tanto así que sería trillado y aburrido llover sobre mojado. Lo cierto es que este gobierno no para de equivocarse en sus posturas diplomáticas, laborales e inclusive personales (en más de una ocasión) de sus representantes en el extranjero.

Casos de travestismo, delitos sexuales, comentarios descocados etc. En campaña fueron muy populares tres frases del “cambio”. La primera: “Los locos somos más”... de esa, pues, no queda duda. La segunda: “voy a gobernar con los mejores”... y se llenaron de tránsfugas. Finalmente: “En mi gobierno se puede meter la pata, no la mano”... pero ¡ya basta! Ha habido demasiado abuso, sobre todo en lo de “meter la pata”.

Me extraña que el exembajador en la Organización de Estados Americanos (OEA), cuya figura representó tanto para el restablecimiento de la democracia en Panamá, se haya precipitado de semejante forma en un asunto de tanto eco internacional. Tal vez, un poco de prudencia no hubiera sido mala. Sin embargo, él ha estado muy tranquilo y seguro de lo que dijo. Al margen de su altruismo a favor de la democracia venezolana, no recuerdo al señor embajador manifestarse, tan enérgicamente, frente a las muchas irregularidades, desfachateces, desafueros y supuestas inconstitucionalidades en más de 20 años de la nueva democracia panameña.

Recientemente, ¿qué opinó el destituido embajador durante las represiones y muertos en Panamá, Colón y Bocas del Toro? Quizás ahora Panamá lo necesite más que la propia Venezuela, con posturas tan beligerantes, valientes y nobles como las que manifestó cuando reinaba la dictadura. Entonces, ¿por qué hacer las de llanero solitario “defendiendo” la democracia venezolana, cuando acá no para de llover?

Lo destituyeron, decisión lógica, pero reprochable. Por los tantos desaciertos diplomáticos del actual gobierno, de iguales o peores situaciones, habría que preguntarse a cuántos funcionarios más han destituido. Nada más allá del tradicional “tirón de orejas”, apenas salvando la diferencia entre diplomáticos de oficio y chavales mal portados. Aunque pensándolo de otro modo, la reconsideración y la renuncia tampoco allanaban mejores senderos.

¿Sale el exembajador con la frente en alto? En mi parecer, equivocarse (aún con las mejores intenciones) nada tiene que ver con perder el orgullo y la dignidad personal. Más aún en este gobierno, repleto de figuras expertas en el extraño arte de regurgitar su orgullo profesional y/o personal; de funestos personajes, escándalos masivos, frases deplorables como la de “ir a llorar al cementerio”, y renuncias “irrevocables” que no son tal cosa.

¿Por qué la destitución? Digo, dada la naturaleza del actual proceder gubernamental, más que una destitución cabría una celebración. ¿Los locos, seguimos siendo más? Sin embargo, en este caso hicieron gala de tremenda coherencia diplomática. ¿Chivo expiatorio? ¿Para quién? ¿Para qué?, o peor aún, ¿por qué?

Recuerdo que en los tiempos de nuestra dictadura, la posición internacional de la OEA fue tan “neutral” como débil y cuestionada. De joven yo no entendía por qué mi país se ahogaba en un estado de sitio permanente (aunque no declarado) y al mundo parecía importarle un rábano. Fuera de escuetos comunicados, ni la ONU ni la OEA hicieron mayor cosa por nosotros. Tuvo que venir el tío Sam a deshacer el desastre que ellos mismos iniciaron en Panamá.

En aquel entonces nos hubiera servido de mucho tener a un embajador en la OEA de la categoría que manifestó el susodicho. Sin embargo, la situación en Venezuela no es igual a la de Panamá ahora, ni a la de Panamá en aquel entonces. Recordando que hace poco hubo elecciones en dicho país, y que el Presidente actual ganó por la nada despreciable cifra de dos millones de votos, aproximadamente. ¿En tal caso, no resultaba mejor andarse con más cuidado?

De cualquier forma, imaginemos pues que el exembajador tuvo sus razones. Cualesquiera que fueran, habría que respetárselas. Total, jamás se contradijo ni se retractó ni renunció, como otros tantos que han quedado peor. Lo expulsaron con honores del manicomio, o dicho de otro modo y en sentido figurado, “se reconcilió, escandalosamente, con la cordura”.

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