PODER DE LA PALABRA

Escribir creativamente: Enrique Jaramillo Levi

Escribir creativamente es una manera virtual de ordenar el mundo, de descubrir sus maravillas y sus contradicciones, de auscultar la manifestación de sus absurdos. Es una forma de desplegar nuestras inquietudes más profundas y de celebrar los motivos de nuestra alegría; al hacerlo nos interpretamos a nosotros mismos y mitigamos, en no poca medida, la angustia.

Escribir es crear espejos que, como es de rigor, reflejan los pormenores de la realidad, aunque en el proceso de hacerlo puedan llegar a distorsionar las certezas y, por tanto, sacudirnos estrepitosamente el piso bajo los pies; sobre todo, cuando esa visión nos involucra espiritual o emocionalmente.

Escribir es darle a las palabras el poder que intrínsecamente tienen, pero que a menudo permanece latente hasta que –predispuestos a la creatividad– las activamos de formas singulares, poco previstas, sugerentes, mediante la magia de la escritura. Es mirar atentamente, amorosamente, críticamente, hacia afuera y hacia adentro; darle un sentido a lo que vemos, a lo que se descubre. Y por supuesto, organizar los resultados, darles un orden, sacarlos del caos mediante su articulación creativa en el fulgor del lenguaje.

Escribir es ser nosotros mismos, sin ambages, sin tapujo alguno, a fondo, sin temor a las consecuencias; pero también ser el otro, no solo solidariamente, sino asumiendo una radical empatía y un ósmosis sin fisuras, hasta despersonalizarnos (exactamente lo que hace un buen actor en escena, al convertirse en determinado personaje).

En este proceso, escribir es también sorprendernos y a veces incluso aterrarnos ante descubrimientos que no conocíamos y que acaso preferiríamos no saber, pero que la escritura revela en algún momento cuando el texto que vamos creando se materializa y empieza a dictar sus propias pautas.

Escribir, en fin, es darles vida en una novela, en un cuento, en un poema, a ingredientes dispersos que están vigentes en la cotidianidad o que simplemente pululan en la mente del creador como posibilidad. Para ello, como herramientas indispensables de trabajo, memoria e imaginación se funden y confunden; y el lenguaje, henchido de sí, novedosamente se crece. El resultado será entonces una nueva realidad, apuntalada por las palabras, distinta a aquella otra de la cual procede.

Así, escribir creativamente es, sin duda, aspirar a ser artista. Y eso merece apoyo y respeto. En Panamá hay cada vez más excelentes resultados a la vista en el trabajo diario de nuestros escritores de trayectoria, pero también en el de muchos nuevos creadores que empiezan a marcar territorio. Para estos, mi admiración y aliento.

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