RECONOCIMIENTOS

Estatuas y bustos: Fernando Sucre M.

Las noticias de principio del año no variaron en mucho al año anterior. Sin embargo, hubo una que llamó profundamente mi atención. Se trata del gran anuncio de la instalación en Panamá de una estatua del famoso escultor surcoreano Yoo Young-ho, que consiste en un hombre de seis metros de alto en actitud reverente, para simbolizar la esperanza entre los países. Se supone que esta estatua de color celeste –que más bien me recuerda a Ultramán– me debe alegrar, porque se trata de una deferencia para el país, gesto que hasta ahora Corea del Sur solo había tenido con Uruguay.

Tristemente, debo expresar que dicho obsequio me preocupa porque nuestra nacionalidad se pierde cada día un poco más. Colocar la estatua de una nación, con la que no nos une el más mínimo acontecimiento histórico, en pleno corredor Sur y en posición de saludo, puede dar a entender a nuestros visitantes que la tradición local tiene orígenes o similitudes con la coreana, lo que no es otra cosa que olvidar e ignorar nuestras raíces. Pero, qué podemos esperar, si nadie se preocupa por realzar a nuestros héroes. Los últimos grandes monumentos que se han colocado, como el de la plaza de Francia, de la plaza de Simón Bolívar y del parque Porras, fueron erigidos por prohombres que siempre supieron la importancia de aquellos que nos antecedieron y que sacrificaron algo de sus vidas por este país, entre los que había extranjeros.

Es suficiente visitar la plaza de la Catedral para llevarse la desilusión de encontrar los bustos de nuestros próceres –pues pareciera que no alcanzó el dinero para estatuas–, colocados de manera desordenada, sin que se pueda hilar la historia patria de aquel lugar. En la plaza de Francia, construida en honor a los caídos del canal francés, encontramos el Paseo de Esteban Huertas, pero de Huertas no queda ni rastro, solo una pequeña placa dedicada a un valeroso soldado que disparó contra un buque de guerra colombiano, el día de nuestra independencia.

Y qué decir del pobre Vasco Núñez de Balboa, gran descubridor del mar del Sur e iniciador, sin quererlo, de la globalización del mundo. Su hermoso parque, que daba a orillas del mar, fue reemplazado por muchos carriles de automóviles que impiden, por la velocidad, detenerse un momento a observar su imponente saludo al océano Pacífico. Del parque en memoria de Anayansi, indígena valerosa y mujer de Núñez de Balboa ni hablaré, porque la mayoría de los jóvenes no sabrán a qué me refiero. Luego tenemos el Parque a las Madres, techado desde hace años por un paso elevado, aunque mucho antes de ese triste acontecimiento ya daba señales de que quien lo diseñó era huérfano, pues en él no se reflejaba todo el amor y el sacrificio de una madre.

De nuestros personajes más cercanos ni hablar. El gran monumento a Arnulfo Arias Madrid está en perfecto abandono y su majestuosa fuente fue desconectada hace mucho tiempo. Por cierto, la tumba de Omar Torrijos ni recuerdo dónde quedó. El escueto busto de Ricardo J. Alfaro yace entre muchos arbustos, por eso, los panameños ni saben dónde se ubica esa avenida que conocen como “Tumba Muerto”.

Buscando las huellas de los pasos de Amelia Denis de Icaza, que ni el mismo cerro Ancón guardó, me encuentro con su busto en el parque de Santa Ana, mudo y entristecido, por su desolación. En cuanto a los mártires, qué se puede decir. Los caídos de la batalla sobre el puente de Calidonia nunca tuvieron el honor de ser inmortalizados por un escultor, pero las personas de ahora dirían: “qué importa, si el puente de Calidonia no existe desde hace siglos”. Mejor lo pasamos por alto. El monumento a los caídos del 20 de diciembre de 1989 se construyó con cuatro bloques que sobraban de una construcción cercana y se pasó la página. El lema es: “mejor ni hablemos del tema”, pero todavía este hecho arranca lágrimas a quienes, sin ser parte de la dictadura militar, perdieron a seres queridos. Si nos sirve de consuelo, a los mártires del 9 de enero de 1964 se les ha dado realce.

Ante este escenario, qué podemos esperar, si los gobiernos anteponen la política a la educación, de cuya disciplina salen los artistas talentosos que no encuentran eco en ningún lado, pues no hay recursos para ellos. Hacerse un nombre en las artes es una misión difícil en Panamá. Lo peor es que las artes han sido desplazadas por la vulgaridad, el reguetón, los bares y cantinas y aquellas cosas que no realzan al ser humano. Para ejemplo, basta recordar el “descuartizamiento” de las estatuas “Juegos de Antaño” para cambiarlas por unas cuantas monedas, quitándonos el placer de ver esta obra.

El regalo de Corea del Sur es ejemplo del apoyo que le da aquel gobierno a sus artistas, al grado de promoverlos internacionalmente. Utilicemos este acontecimiento para reflexionar en la búsqueda y realce de nuestra identidad, que se está perdiendo.

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