INTEGRIDAD ECONÓMICA

La FIFA y la OECD, dos amañados ‘fair plays’: Roberto Brenes P.

La FIFA y la OECD, dos amañados ‘fair plays’: Roberto Brenes P. La FIFA y la OECD, dos amañados ‘fair plays’: Roberto Brenes P.
La FIFA y la OECD, dos amañados ‘fair plays’: Roberto Brenes P.

La semana antepasada fue para la historia. Los panameños nos pronunciamos, con indignación y solidaridad, ante lo que consideramos los abusos y atropellos de la FIFA –el establishment futbolístico mundial– contra nuestra selección nacional. Lo que más sal echó a la herida fue que esas medidas y abusos vienen de una organización cuestionada en su legitimidad y su honestidad. Ese sentimiento total de repudio y vergüenza probó que no nos gustan las trampas ni los tramposos. Pero, lo que los panameños deben saber es que iguales o peores abusos se perpetran contra nuestro sistema financiero y fiscal por parte de una organización igualmente ilegítima y deshonesta, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD, por sus siglas en inglés), que tampoco respeta las reglas del fair play.

En la persona de mi amigo, el abogado Gian Castillero, coinciden dos duras realidades. Una, la de ser dirigente de la Liga Panameña de Fútbol, que para poder jugar con el resto del mundo tiene que someterse a los dictados y caprichos de la FIFA con las consecuencias e inconsistencias que todos los panameños vivimos la semana pasada. La otra realidad de Castillero es ser el jefe negociador de Panamá ante la OECD, la que decidió que para jugar en el campo de los negocios mundiales, Panamá debe someterse a reglas arbitrarias, discriminatorias y desiguales.

La labor de Castillero, en uno y otro caso, no es muy diferente: lograr que se nos trate, primero, con respeto al sistema jurídico y, luego, con reglas comunes e iguales. De la misma manera, el respeto recíproco y la racionalidad de las reglas dependen en buena medida de la legitimidad y la verticalidad de quien pretende imponerlas.

En el caso del fútbol hemos tenido de primera mano una lección intensa que no es relevante repetir aquí. Pero es necesario abundar, para educar y advertir a todos los panameños sobre las consecuencias de las pretensiones de la OECD. Para empezar, debemos decir que esa organización, a pesar de estar compuesta por muchos de los países más importantes del globo, no está amparada en ninguna ley, convenio y ni siquiera adscrita a las Naciones Unidas. Es una organización de mucha pompa, pero dedicada a ser el policía de los sistemas tributarios del mundo, y busca imponer reglas de falso fair play a naciones cuyos sistemas tributarios y fiscales no se alinean con los que ella considera correcto.

El sistema de Panamá, como un país de régimen fiscal territorial, que solo grava lo que se genera a lo interno –tanto para panameños como extranjeros– es visto por la OECD como pernicioso, porque permite que ciudadanos de otras jurisdicciones eviten las enormes cargas fiscales que los países de la OECD recargan a sus ciudadanos. Esas cargas se destinan mayormente a sostener frondosas burocracias que, irónicamente, no ayudan a generar crecimiento ni desarrollo, sino todo lo contrario. Con razón los ciudadanos de esas jurisdicciones buscan alejar el dinero, legítimamente ganado, de esa vorágine de ineficiencia y populismo.

Pero lo más irritante y peligroso de las medidas de la OECD es que no son aplicadas de forma igual. A Panamá, por ejemplo, se le ha forzado a eliminar su sistema de acciones al portador, con la excusa de que es una fuente de evasión fiscal. Sin embargo, con países como Liberia, un súbdito de Estados Unidos, importante miembro de la OECD, se hacen de la vista gorda respecto a que los registros navieros de ese país mantengan acciones al portador. Esta diferencia crea una competencia desleal en el negocio de abanderamiento de naves, muy importante para nosotros. Así, en Liberia una “mano” es solo un dedo y aquí, todo el brazo.

Aun así, Panamá intenta jugar y nivelar el campo, y que lo diga el amigo Gian. Tenemos a nuestro lado el derecho internacional y el principio inalienable de ser un país soberano. Pero jugamos con un campo inclinado hacia el gol del contrario y con la versión francesa de Mark Geiger en la persona de Pascual Saint-Amans.

Muy importante: la gran diferencia entre las consecuencias del mal fair play de la FIFA y de la OECD es que en uno nos podemos quedar sin medallas, y en el otro nos quedaríamos sin economía. Como en la Copa de Oro, debemos cerrar filas y salir a ganar para defender nuestra integridad económica.

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