TERRORISMO

Fanatismo criminal: Xavier Sáez-Llorens

La carnicería humana que tuvo lugar en París, protagonizada por seguidores yihadistas del Estado Islámico (EI), fue realmente horrorosa. No he podido, todavía, borrar de mi mente las escenas dantescas del acto terrorista. La conducta fanática, esa actitud o actividad que se ejerce con pasión desmedida y disparatada para defender ídolos, culturas, ideas, equipos o conceptos, debe ser abordada de manera inteligente si queremos erradicarla. No podemos responder de la manera en que los bárbaros desean que lo hagamos: demostrando miedo, cancelando eventos, modificando hábitos, dignificando la amenaza con el nombre de guerra entre civilizaciones o estigmatizando a los árabes. Los árabes, en general y los musulmanes, en particular, son en su mayoría, gente buena y pacífica. Los dos peores tipos de fanatismo que existen, sin duda, son de naturaleza religiosa y nacionalista. Cuando estos se combinan, las repercusiones son aún peores. Similar a lo utilizado contra los pilotos kamikaze de Japón, a estos psicópatas se les debe exterminar con estrategias integrales conjuntas del mundo civilizado, que incluyan tácticas de prevención y ataque desplegadas en paralelo.

Después de la tragedia, dos procederes de pseudointelectuales de izquierda me disgustaron. Primero, la minimización de lo ocurrido, alegando que más decesos son ocasionados por accidentes, enfermedades o efectos de hambre y pobreza. Esas muertes, por supuesto, también duelen. Pero, matar a cientos de civiles, de disímiles procedencias, carentes de culpa alguna, que solo disfrutaban su existencia en escenarios musicales o deportivos, es un acto profundamente aberrante. Segundo, la justificación del suceso, imputando razón por las erróneas decisiones de Bush, Blair o Aznar cuando invadieron Irak. Las mentiras elaboradas convenientemente para derrocar a Saddam Hussein ya han sido ampliamente condenadas por muchos demócratas occidentales. El yihadismo, no obstante, ha estado siempre latente en las regiones musulmanas. Tarde o temprano, hubiese o no belicismo imperialista, la irracionalidad religiosa iba a aflorar. La historia está plagada de “cruzadas” orquestadas por los tres monoteísmos, en secuencia temporal a sus épocas de fundación y maduración evolutiva.

El Estado Islámico (ISIS, por sus siglas en inglés), dirigido por Abu Bakr al-Baghdadi, controla una franja territorial estimada de 40 mil kilómetros cuadrados entre Siria e Irak. Sus jerarcas pretenden recibir el apoyo total de los pueblos musulmanes, mediante arengas de supremacía religiosa, mensajes de exterminio contra Israel y tácticas sanguinarias despiadadas. ISIS se aprovechó de la profunda división política entre el gobierno de orientación chií y la minoría suní, para implantar la sharía, un código moral radical que debe cumplirse a rajatabla si se quiere ser real seguidor de Mahoma. Las decapitaciones, crucifixiones y matanzas en masa son utilizadas para atemorizar a la gente, argumentando que estos castigos honran los versos del Corán, que dicen algo así como “golpear la cabeza” de los impíos. Los líderes han convertido a sus adeptos en robots, a través de lavados cerebrales de índole espiritual. La perturbación mental de estos fanáticos es ya irreversible. Fue un error, por tanto, la declaración de la cancillería de anexarse a la coalición internacional contra ISIS. Prevenir el financiamiento de cualquier organización terrorista o narcotraficante debe ser una herramienta estándar de nuestro sistema bancario. No había necesidad de anunciar esta medida con bombos y platillos.

¿Cómo acabar con esta clase de terrorismo? En estos momentos, se requiere un esfuerzo sinérgico de todos los países desarrollados para aniquilar cabecillas, destruir refugios, compartir información de inteligencia, asfixiar fuentes económicas y prohibir el negocio de las armas. Resulta imperativo, además, que las naciones árabes se distancien sin ambages del anómalo grupo y acepten el grueso de los refugiados sirios. Para que las próximas generaciones sean de paz, se necesita la implementación de reformas educativas destinadas a erradicar los adoctrinamientos religiosos y nacionalistas, inculcando tolerancia a las diferencias y diezmando todo tipo de discriminación (xenofobia, homofobia, machismo, odios por color de piel). Ninguna cultura es mejor que otra, todos somos parte del género humano y ciudadanos del planeta. Las fronteras deberían algún día desaparecer.

Todas las religiones son conceptualmente similares. Las divergencias son más de interpretación y sumisión que de contenido temático. Desde mi óptica atea, debo reconocer, empero, que las prácticas del islam son más primitivas y nocivas que las del judaísmo y cristianismo. Por ser el monoteísmo más joven, aún prevalecen vestigios medievales de profunda denigración de la mujer o lapidación pública de adúlteros y homosexuales. Sus extremistas, además, perpetran inmolaciones en búsqueda de exoneración de pecados y entrega de doncellas vírgenes (huríes) como recompensa celestial. Aunque las tres creencias proclaman ser doctrinas basadas en amor y solidaridad, sus textos bíblicos están repletos de citas de violencia desmesurada. En pleno siglo XXI, urge meter en la cabeza de feligreses que su venerada deidad ya murió o abandonó al globo terráqueo hace mucho tiempo, para dedicarse a crear nuevas galaxias en un universo que prosigue su expansión. Debemos preocuparnos más por los hombres y menos por los dioses, si aspiramos a vivir pacíficamente en el futuro y asegurar la supervivencia de la especie sapiens durante los años venideros.

Como diría Lennon: “Imagina que no haya ninguna causa para matar o morir; que este sea un mundo sin religiones ni países; un lugar donde todos seamos hermanos y vivamos en paz. Es fácil si lo intentas”. Somos, supuestamente, seres racionales. Demostrémoslo. @xsaezll

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