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REFLEXIÓN

Francisco en el corazón del mundo: Gloria Zúñiga de Preciado

“¿Quién es el hombre, que te acuerdas de él, el hijo de Adán, para que de él cuides?”. Este verso, del Salmo 8, nos hace sentir pequeños en un mundo ancho y ajeno, como decía el gran novelista peruano, Ciro Alegría.

En estos días santos dedicados a la reflexión, a la búsqueda de la armonía, la luz y la paz, en nuestras lecturas espirituales encontramos en un salmo como ese, la infinita grandeza de Dios, dueño y señor del universo que entrega esa “obra de tus manos” a su más maravillosa creación, el hombre. Porque al hacerse hombre, el hijo de Dios elevó al ser humano a una categoría sublime y eso se entiende como un regalo de su inmenso amor.

San Francisco de Asís explica este agradecimiento al creador en su hermoso Cántico del Hermano Sol. En él da gracias a Dios por todo lo creado: estrellas, cielo, fuego, aire, viento, tiempo, frutos, prados, flores, y por enseñarnos, a través de su hijo, a perdonar y a soportar las tribulaciones en paz. San Francisco de Asís siguió una vida austera y sencilla, convivió con los leprosos, amó a Cristo, transmitió el mensaje del evangelio, meditó en solitario y escogió la pobreza. Fue un hombre de paz.

El mundo es ancho para todos, pero eso no debe ser ajeno para el gran porcentaje de la población que vive en la pobreza. Hoy, al ver a las mujeres embarazadas, personas mayores y niños, azarosos y atribulados corriendo detrás de un bus vemos, con compasión, el rostro de san Francisco de Asís. Igual ocurre cuando miramos las viviendas tristes en tantos arrabales del mundo, incluso en países ricos o en aquellos que dicen haber trabajado para los pobres.

Hace pocos días, nuestra Iglesia católica escogió, como líder espiritual, al cardenal Jorge Mario Bergoglio, pontífice que asumió inmediatamente el nombre de Francisco; dijo que lo eligió porque san Francisco de Asís “era el hombre de la pobreza, el hombre de la paz”. Además señaló: “Empezamos un camino de fraternidad, amor y confianza”. Para iniciar ese camino del que nos habla el nuevo Papa, debemos grabar en nuestros corazones las huellas humildes del otro Francisco, el de Asís, simplificadas en el amor a la humanidad que tanto ejemplo nos dio Jesús, al aceptar morir en la cruz por nuestros pecados. De esta forma, seremos cada día más conscientes de nuestra gran responsabilidad personal ante la creación y la necesidad de hacer lo posible para que este mundo no sea ajeno a los tantos Franciscos que lo habitan.

El Viernes Santo, al conmemorar la pasión de Cristo, grabemos en nuestros corazones el amor al pobre necesitado de amor y cariño, al enfermo, al anciano, al atribulado, como nos pide el Papa del nuevo mundo, y disfrutaremos con verdadera alegría ese regalo que es la vida, con el sol, las estrellas, las nubes, las flores; en fin, la creación entera, porque Dios no se olvida de cuidar a sus hijos para que canten con humildad, como el salmista, diciendo: “Oh, señor, nuestro Dios, qué glorioso tu nombre por la Tierra”.

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