RELACIONES INTERNACIONALES

Fuga de cerebros: Liska Gálvez

Hace más de ocho años egresé de la Escuela de Relaciones Internacionales de la Universidad de Panamá y a través de mucho esfuerzo y becas me especialicé en el exterior. Aun con el entusiasmo que implica desarrollarse profesionalmente en su propio país, el actual panorama es muy desolador. La ausencia de concurso de carrera diplomática, el vacío de institutos de estudios internacionales y de políticas de investigación por parte del Estado no deja otra opción que buscar oportunidades en el exterior donde sí existe la promoción de estos proyectos académicos, tanto del Estado como de universidades. A esto es lo que denomino fuga de cerebros. Una fuga de cerebros que se extiende a compañeros que se vieron en la necesidad de cambiar sus expectativas ante el decepcionante panorama profesional.

Panamá se ha destacado en la región latinoamericana por su desempeño en el crecimiento económico, pero también por el débil y carente desarrollo de la investigación y estudios académicos en el área de las relaciones internacionales, en la que países como Costa Rica, Chile y Colombia nos superan con institutos de academia de estudios.

Las declaraciones del Presidente de la República, en Japón, y el reciente voto contra el reconocimiento del Estado palestino reiteran no solo el desempeño poco profesional de la política exterior, sino la necesidad urgente de expertos que componga ese grupo que dirige la política exterior del país. Y como ejemplo oportuno menciono el caso de China, país que analicé en mi tesis doctoral de relaciones internacionales en Beijing. Durante estos seis años en China solo puedo concluir que sin comprender la realidad del país, sería imposible entender las relaciones internacionales y, por ende, hay una necesidad de estudiar a China.

Diversos analistas asumen que solo con el desarrollo de las relaciones económicas se impulsan y mejoran las relaciones políticas. Se sustentan en que lo económico determina lo político. Sin embargo, el caso de China, en contra de muchos supuestos teóricos convencionales occidentales, muestra otra ecuación. El surgimiento de China es todavía desconocido; no se puede limitar al hecho de ser la segunda economía mundial, el tercer socio comercial de Latinoamérica, el mayor destino de inversión extranjera, pujantes proyectos de infraestructura, etc. El “socialismo con características chinas” implica una tripleta de comunismo, socialismo y capitalismo, un “modelo” –si así se le quiere llamar– no convencional occidental, que deja al descubierto su todavía estatus de país en desarrollo. De ahí la gran importancia de analizar profundamente la realidad interna china. Una realidad que empieza por comprender su política exterior y, por ende, su realidad nacional, porque en ningún otro país la política exterior ha sido la extensión de su política nacional tan evidente como el caso de China. El éxito del hombre–empresa chino no recae solo una sociedad que ante la ausencia de garantías por parte del Estado (desigualdad social y regional, sociedad semiconsciente, ausencia de un sistema de rendición de cuentas) depositó su energía en superarse a través del trabajo y el ahorro, sino también en valores en lo interno de su cultura tales como la familia y las redes de amigos (capital social), el pensamiento holístico o la perspectiva a largo plazo, factores todos esenciales en el crecimiento económico chino.

El caso chino muestra, como muchos otros, el importante papel de la academia y de los proyectos de investigación en el momento de dirigir la política exterior, solo así saldremos de la sombra del desconocimiento y la ignorancia, y de paso tendremos menos fugas de cerebros.

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