SOCIEDAD

Gratitud con el pasado: Rolando Aparicio O.

La historia juzgará nuestros actos. Frase machacada que pronuncian líderes mundiales cuando buscan la aprobación de sus conciudadanos. Aunque la frase sea una muletilla política, es verdad que el pueblo juzga las decisiones tomadas por sus líderes. No es cualquier hombre o mujer el que puede marcar la memoria de un país y tocar sus convicciones más profundas.

Recordamos con indignación a líderes que cegados por sus planteamientos en torno a la dignidad de las personas, se han abalanzado contra la vida. Otros, provocan aplauso y reconocimiento por los logros alcanzados en variados campos del desarrollo de la humanidad: científicos, activistas de derechos humanos, filántropos, educadores, políticos y religiosos han dejado una huella positiva en la sociedad.

Hacer justicia a la memoria de nuestros antepasados parte de un análisis que se ha de ubicar en el contexto de sus vidas, no de las nuestras. El primer paso es intentar conocer la realidad que les tocó vivir, eso nos da luces para interpretar su actuar.

Los tiempos actuales, con sus cambios tan vertiginosos, hacen perder el rastro de nuestras raíces; la trocha frágil que abrieron nuestros ancestros pareciera no hacer referencia a la pluralidad de nuestros logros. Al político, cuyo discurso supura continuidad, le fascina la frase “nunca un gobierno invirtió tanto como el actual”. Busca hipnotizar a sus contemporáneos con los logros del presente, desestimando el liderazgo del pasado. En su miopía histórica, las inversiones de ayer le parecen accesorias. El único principio que utiliza para analizar los hechos es su autodenominada grandeza. No se da cuenta de que la inmadurez de considerarse el primer eslabón del progreso lo hace parecer pequeño. En el universo de su audiencia hay un grupo de seguidores que no procesa adecuadamente sus palabras y termina convertido en fanático.

Una característica propia de los fanáticos (políticos y religiosos) es cerrar filas ante las voces adversas. Se nubla la razón y las pasiones se descarrilan sin control. La tolerancia y el respeto, ante la evidencia de lo ilógico se desvanecen con furor. Conviene al político no decir que en la mayoría de los países del mundo, la inversión gubernamental se sigue quedando corta frente a los recursos económicos que ingresan. Los multimillonarios préstamos internacionales se diluyen en obras cuyo costo se acrecienta con solidez impresionante.

Si se les pregunta cuánto crecerá la deuda del país responden: “no hay que preocuparse, porque ahora hay más dinero”. La mejor administración no es la que más infraestructura construye, sino la que no permite a la corrupción quedarse con un porcentaje sustancioso del presupuesto anual del Estado.

El papa Juan Pablo II pudo leer los signos de la sociedad actual y dijo: “Hay que recordar con gratitud el pasado, vivir con pasión el presente y abrirnos con confianza al futuro”.

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