OPINIÓN PÚBLICA

Guerreros de victorias truncadas: Manuel E. Barberena R.

Expresar opiniones orales y escritas en la comunicación social es una aventura que conlleva, junto con la búsqueda del bienestar público, una vida llena de peligros y de malquerencias. Una sensación como el aleteo nervioso del colibrí asedia a los comunicadores de opinión de la prensa, la radio y la televisión. Otra preocupación no es acerca de cuántos lectores y oyentes tendrán sino de cuántos lo entenderán y serán influidos por el mensaje.

Las incertidumbres de los comunicadores de opinión están relacionadas con una condición de los públicos lectores y oyentes, que en vasta proporción en todos los estratos sociales carecen del interés o de la capacidad intelectual para entender los enfoques que los comunicadores de opinión oral y escrita presentan día a día sobre los asuntos sociales y de Gobierno que afectan el bienestar de esos mismos públicos, al parecer, insensibles y más aptos para quejarse perpetuamente que para defender sus intereses sociales, políticos y económicos en forma pacífica pero con la tenacidad de una mosca. El repudio de los públicos a la lectura es una de las actitudes que más estorban el desarrollo cultural.

Las opiniones están influidas por una particularidad que les permite adaptarse a las leyes del movimiento y mantenerse en coherencia con las condiciones cambiantes del mundo. “Mala es la opinión que no puede mudarse”, dice Aulo Gelio en Noches áticas.

La historia de la humanidad enseña que los pueblos y los Gobiernos han estado desde tiempo inmemorial en confrontación porque tienen intereses antagónicos, debido a una concepción falsa que cada una de estas entidades tiene de la otra. Para los Gobiernos los pueblos no son la fuente de todo poder sino una servidumbre de tipo feudal. Por otro lado, los pueblos creen que los Gobiernos son del pueblo y en realidad son minorías privilegiadas que administran los bienes de la Nación con el criterio de que pueden servirse de ellos de forma personal y absoluta.

La beligerancia de la opinión pública tiene su raíz en la ciencia política, desde el momento que ha sido reconocida, junto con la información pública, como un elemento muy activo en los Gobiernos de opinión. Al momento del sufragio las personas toman su decisión de acuerdo con lo que su opinión les indica.

La opinión pública se rige por una norma de gran importancia estructural: la teoría y la práctica enseñan que la discusión es un elemento esencial y que toda opinión pública exige la presencia de otra opinión distinta de ella. Cuando no hay debate, aseguran algunos expertos, no hay una opinión pública verdadera sino una corriente de opinión.

Son de diversa índole las actitudes de los públicos que interfieren en contra de un ordenamiento juicioso de los pueblos. A falta de estímulos para buscar valores superiores, se entregan con ardor desmesurado a respaldar las actividades deportivas. Todo optimismo es sano, pero las emociones no son transferibles. Absurda manera es darles apoyo al calor de los tragos y de gritos para exigirles a los equipos que hagan lo que no pueden hacer. Cómo pueden ayudarlos desde las graderías o desde una mesa de tragos si son ellos, los jugadores, y solo ellos, quienes están en el combate allá abajo lidiando contra un adversario a veces superior. La llamada Marea Roja con alma de circo magnifica las destrezas de los muchachos para crear un ambiente de espectáculo populachero, más que de limpio entusiasmo deportivo. Los periodistas son quienes más se involucran en esta volcánica explosión emocional, como si de ir al Mundial dependiera el destino nacional, y crean falsas expectativas en los ciudadanos de buena fe. Nadie anhela más el triunfo que los corajudos muchachos mal dirigidos, pero sin presiones ni alharaca. Si la llamada Marea Roja dedicara la pasión con que se entrega a las actividades deportivas, a luchar contra las calamidades nacionales del día a día, este pueblo restauraría su dignidad y el nivel de bienestar que todos anhelamos.

Los malestares sociales no provienen solamente de los Gobiernos autoritarios, sino también del desinterés de los pueblos de ayudarse a sí mismos. No reaccionan ante las adversidades con la energía espiritual requerida. Dan la apariencia de que duermen. Estar dormido es lo más parecido a la muerte. Los muertos parecen que están cómodos y tranquilos en el ataúd, pero no lo están. Muertos están de la cabeza a los pies.

Riqueza es todo bien aprovechable, dicen los economistas. Pero los pobres no tienen acceso a esos bienes. ¿Hemos retrocedido 500 años? No han cesado los despojos. Ahora son más refinados. Algunas inversiones, como en la minería y en la tierra, suenan a la ley del embudo. Como en las sesiones de magia, los pueblos se sientes defraudados si no son engañados.

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