CONOCIMIENTO

Gustos y disgustos de leer y escribir: Enrique Jaramillo Levi

A quienes leemos y escribimos casi a diario nos cuesta entender cómo es posible que otras personas, incluidas muchas de nuestro entorno más cercano –familiares, amigos entrañables–, puedan estarse perfectamente sin hacerlo; que sea un asunto ante el cual ni siquiera se inmuten.

La vida para ellos tiene otras prioridades, hay otras cosas que deben ser resueltas, y sin duda el ocio que permite leer con detenimiento y a veces con verdadera fruición definitivamente no es una de ellas. No porque no puedan cada tanto tiempo esforzarse por conquistar espacios y momentos adecuados para cultivar ese ocio –que puede o no ser creativo–, sino porque el acto mismo de leer, como el de escribir, por alguna razón les genera una inmensa pereza, les parece inútil, les sugiere tiempo precioso perdido y, por tanto, lo evitan como a la peste por no caer en un severo abismo de supuesto aburrimiento.

Pero no nos llamemos a engaño: de una manera u otra este fenómeno ha venido ocurriendo siempre, en todas las épocas y lugares, y en todas las clases sociales, mucho antes del advenimiento imparable de la actual tecnología que a tantos seres humanos, pero sobre todo a los jóvenes, encandila y, no pocas veces, fanatiza. Porque si leer presupone, entre otras cosas, interesarse por el mundo, escudriñar los sucesos que en él ocurren, tratar de entender el porqué, todo lo que necesariamente implica acercarse a la comprensión de diversas facetas o manifestaciones de la experiencia humana y, en el proceso, adquirir mayores conocimientos y con suerte una explayada sensibilidad, cómo negar que escribir viene siendo la contraparte de esta actividad –la otra cara de la moneda–, en la medida en que lo que se lee lo ha escrito antes alguien probablemente sensible, ansioso por compartir experiencias u opiniones, alguien que bien podría ser una persona como cualquiera de nosotros.

En este sentido, escribir precede siempre, necesariamente, al acto de leerse lo escrito. Aunque, por regla general, todo buen escritor es antes, y al mismo tiempo, un gran lector, por más que no todo el que lee escriba como oficio cotidiano y ni siquiera como hobby. Sin embargo, resulta evidente que el porcentaje de personas que leen o escriben es asombrosamente minoritario en el mundo. Y bien valdría la pena indagar un poco en el porqué.

Para empezar, es necesario admitir que para todo hay gustos, y que ciertamente, también, ciertas cosas –situaciones, actitudes, acciones– generan disgustos. Ambos fenómenos, probablemente por causas semejantes en su origen, están enraizados en profundas razones genéticas, de educación y de costumbres propias de cada quien, y por tanto difíciles de explicar de forma empírica y a priori.

En cuanto al asunto que nos ocupa, hay quienes gustan de leer temas poco profundos o nada más coyunturales (cierto tipo de libros de autoayuda y best sellers, por ejemplo), y otros que prefieren textos más complejos y elaborados debido la seriedad con la que abordan sus planteamientos; textos estos bien razonados que no están reñidos con el dominio del oficio y la necesaria amenidad que sin duda favorecen a cualquier tipo de escritura.

Exactamente lo mismo puede decirse de quienes escriben: hay textos de gran sencillez, ligeros, a veces superficialmente instructivos, que pueden o no ser intrascendentes o efímeros, y otros cuya densidad y particular visión de mundo cautivan específicamente a lectores con similares inclinaciones o incluso a otros dispuestos a dejarse influir por el reto de la novedad. Y por supuesto, en ambos bandos hay quienes se disgustan ante lo que consideran superficialidad intrascendente o, por el contrario, complejidad indescifrable o gratuita, según sea el caso, en lo que se lee y escribe.

Sin duda hay gradaciones que oscilan, tanto en lo leído como en lo que se escribe, desde la más obvia sencillez inocua hasta la complejidad más profunda, las cuales exigen diverso grado de atención, educación y oficio al momento de abordarlas. Y claro, la experiencia de vida y la que se posea en los hábitos mismos de lectura y escritura también tendrán mucho que ver, además de los simples gustos y disgustos superficiales, en la manera en que se reacciona frente al acto cotidiano –ojalá en verdad lo fuera– de leer y escribir.

En todo caso, si reflexionamos mínimamente en torno a lo que en verdad significa leer y escribir, el resultado no deja de ser fascinante. Porque resulta que las ideas, experiencias o fantasías de alguien –o una mezcla de estas–, expresadas mediante el adecuado acoplamiento de palabras que, al juntarse, se vuelven frases que, a su vez, dan lugar a párrafos que encierran, cada uno, una idea central, producen como resultado un artículo de opinión, una crónica, un poema, un cuento, una novela, una obra de teatro, un guión cinematográfico o televisivo que tienen un sentido propio, armónico, apto para ser comunicado y compartido por algún tipo de receptor.

Y cuando tales textos finalmente se leen o son vistos después en la pantalla como representaciones bien interpretadas por actores, de alguna manera se produce el fenómeno inverso: la magia del reconocimiento, de la empatía, de la identificación, o acaso la de una nueva sabiduría originada en su creador; o en su defecto, por inconsistencias del texto o de su interpretación (pero también podría ser por una manifiesta indisposición cultural del receptor), su rechazo.

Así es esto de leer y escribir; una tarea que, a mi juicio, sigue pendiente para muchos en Panamá como una forma de avance intelectual, de conocimiento; pero, al mismo tiempo, como una manera de que el país realmente progrese más allá del esquematismo, la improvisación, la politiquería que nos agobia y el mercantilismo ramplón.

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