DETERIORO SOCIAL

Hambruna desesperante en Panamá: Ricaurte Arrocha Adames

Sonará como un exabrupto, pero no lo es. Así lo percibirán solo aquéllos que dan por sentado que el hambre es solo una sensación de insatisfacción procedente del estómago, ante la ausencia de alimentos; para quienes miden la satisfacción personal y colectiva en base a la posesión material y, sobre todo, de dinero. ¿Hablar de hambruna en Panamá? ¡Por Dios! ¿Con edificios por doquier, envidiables en su diseño? ¿Con autopistas, carreteras, ampliación y puentes imponentes sobre el Canal? ¿Con un transporte colectivo modernísimo, en fase avanzada de ejecución? ¿Con una cinta costera que desea abrazar todo la costa del mar Pacífico colindante con la ciudad capital? ¿Con una economía boyante por su crecimiento?...

Sin embargo, quienes así analizan, menosprecian valores de mayor magnitud y trascendencia para el ser humano y por los cuales, al desaparecer, los pueblos más sumisos antes, convulsionan. Ostentadores del poder político y económico, antes envidiados por muchos en el mundo, pagan hoy su insensatez y ego manía fútil con el desastre y la revolución sangrienta que sacude sus respectivas naciones, como por el rechazo de la comunidad internacional. Sí. No uno, sino tres ejemplos elocuentes, deben hacer rectificar a los más escépticos. Mubarak, Gaddafi y Asaad.

La hambruna panameña es evidente; manifiesta cada día en nuestras calles, plazas y caminos, por insatisfechos debido a los altos índices de desaciertos gubernamentales de varias décadas: hidroelectricidad a precio de petróleo; salud (dengue, dengue hemorrágico, bacteria nosocomial) y educación en crisis cada vez más sensitivas; altos índices de criminalidad producto de marginaciones sociales, pandillerismos, narcotráfico y corrupción de las esferas administrativas; por la pérdida de los valores cívicos y morales reflejo de una instrucción hogareña y una educación escolar cada día más deficientes y que les cierra las puertas a la superación personal y familiar; proyectos de gobierno no consensuados (minería, compra de corredores); una justicia (¿?) corrupta cuyos ojos abre al máximo ante los raterillos, pero los cierra presurosa y apretadamente para inclinar la balanza a favor de los que pesan política y económicamente; que desestima la sensibilidad social colectiva ante genocidios (como los provocados con el dietilene glycol, y la pira humana en un bus que utilizaba un aire acondicionado con un gas inflamable, no permitido) y ante el menosprecio en la respuesta de nuestra Asamblea Nacional y la justicia, sordas y ciegas hace varios años, a la acusación pública, dinero en mano, de compra de conciencias para favorecer un contrato, señalando incluso nombres propios,

¿Para qué seguir? Estos ejemplos sirven para demostrar que huele muy mal en Panamá. Que el hedor se incrementa con el pasar de los años. Que la insatisfacción de todos los estratos sociales es, sin duda alguna, más evidente cada día. Sí. Sí. Hay hambruna en Panamá. Negarlo o continuar desestimándola concluirá en suicidio político, por convulsión de las masas, tal cual vemos ocurre en Egipto, Libia y Siria. Y, en nuestro pequeño, envidiado istmo, está generando ya reacciones de ribetes muy preocupantes.

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