SOCIEDAD

¿Hijos para quiénes?: Anabella Dex

Tuve la gran suerte de vivir durante ocho meses en un kibbutz en el norte de Israel y regresé porque mi mamá no podía dormir pensando que me iban a matar cuando comenzó la guerra con Líbano, en 1982. No hay nada más estremecedor y a la vez positivamente desafiante para una persona que el poner en tela de duda el prisma con el que uno basa su existencia y con el que mide todo lo que ocurre a su alrededor.

Lo que más me impactó, sobre todo como mujer, fue ver que los bebés cuando nacen no regresan a la casa de sus padres, sino que son llevados a una casa comunal donde viven con los otros “hijos del kibbutz”. ¡Pobre niños y pobres madres! Luego me di cuenta, y ahora 30 años después lo veo más claro todavía, que la filosofía detrás de esa práctica no es tan descabellada como me pareció en ese momento.

Aunque hoy en día mucho ha cambiado, en el kibbutz todo es de todos y para todos. Es decir, el yo está en función del nosotros. ¿Qué forma más natural puede haber para promover ese modo de coexistencia que la de unir a estos niños (desde tan temprana edad) para que crezcan en una familia tan extendida en la que el destino de uno afecte el destino de todos? El propósito de esto es la creación de una nueva generación para la que resulte natural que, en un marco de cooperación y en el que se promueva el bien común por encima de los caprichos personales, se tengan las herramientas para garantizar en primera instancia la supervivencia en Israel y, también, un desarrollo exitoso, tanto en el plano económico como social.

¿Para quién tenemos hijos las madres panameñas? Creo que no muy a menudo nos hacemos esta pregunta. ¿Quiénes están educando a nuestros hijos y con qué propósito? ¿Estamos promoviendo en nuestros hogares la solidaridad mutua o, más bien, estamos dando un ejemplo de egoísmo y materialismo sin querer?

La verdad es que los panameños en general se distinguen por su “juega vivo” que, como vemos, se está convirtiendo rápidamente en “juega muerto”. El “juega vivo” es “todo para mí, nada para ti”. Además de inmoral, esto va en contra de nuestra propia supervivencia y atenta contra nuestro desarrollo económico y social.

He vivido en distintos países y he podido constatar que lo que distingue a los países civilizados de los que no lo son es cómo se ve el individuo dentro de la colectividad. Si “juega vivo” o respeta la ley, si trabaja arduamente o roba lo ajeno, si actúa cónsono con su palabra o tiene doble moral, si se siente solidario con los menos afortunados o si abusa de ellos.

Como mujeres que traemos hijos al mundo podemos hacer mucho para que ese mundo sea mejor para todos nuestros niños.

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