EL MEJOR CANDIDATO

Hombre y política: ayer y hoy: Einar Polanco Aparicio

La reflexión política en la cultura occidental se inicia en el siglo V a. C., con los planteamientos de los sofistas quienes, al igual que Sócrates de Atenas, pertenecen al período antropológico de la filosofía griega. Una etapa en donde se abandona el estudio de la naturaleza que empezaron los presocráticos por la reflexión sobre las cuestiones humanas.

Los sofistas, famosos por manejar a la perfección la elocuencia, abandonaron el estudio de la naturaleza y se enfocaron, debido a los cambios políticos en la sociedad ateniense, en temas relacionados a la convivencia social y política.

Se les considera, además, como los fundadores de la demagogia. Sus teorías sobre la sociedad y la ética se denominan teoría de la convencionalidad y relativismo moral (las leyes y la moral son relativas).

De acuerdo a ellos, un político necesitaba, fundamentalmente, ser un buen orador, poseer ciertas ideas sobre las leyes, acerca de lo justo y conveniente, y sobre la administración del Estado.

Sócrates, quien combatió enérgicamente al movimiento sofista, rechazó la teoría de la convencionalidad y el relativismo moral. Defendió: el intelectualismo moral, el fundamento inmutable y sagrado de la ley, la primacía de la sociedad sobre el individuo y el derecho social a exigir los servicios del hombre más sabio y mejor para su gobierno.

Platón y Aristóteles, creadores de los grandes sistemas filosóficos de la antigüedad, también presentan reflexiones sobre las cualidades de los llamados a administrar el Estado. Ambos autores no conciben la política separada de la ética.

Platón combate los planteamientos de los sofistas y critica las costumbres políticas de los gobiernos griegos de su tiempo. Sobre la interrogante de quién debe ser el gobernante, el autor expresa que debe ser el más sabio. Se esforzó en describir la sociedad política ideal.

Aristóteles, considerado por algunos como “el padre o fundador de la ciencia política clásica”, afirma que la naturaleza humana es esencialmente social. Plantea, entre muchas cosas, que los sistemas de gobiernos, democracia, monarquía, oligarquía tienen una forma corrupta (que se da cuando el gobernante atiende su interés particular en lugar del interés general).

En estos autores clásicos, vemos que el llamado a administrar el Estado debe poseer una serie de cualidades tanto intelectuales como morales imprescindibles. Si contrastamos esa visión de los griegos con el perfil de algunos funcionarios elegidos por votación popular en nuestro medio, las diferencias saltan a simple vista. Cada día personas sin la capacidad necesaria ocupan puestos sensitivos para el desarrollo del país.

Se valen de organizaciones cívicas, fundaciones, seudosindicatos, asociaciones de diversos colores y tamaños y, últimamente, reality shows, como trampolín para llegar a las masas.

No es de sorprender, que en un futuro no muy lejano, un chistólogo criollo, gracias a sus chistes y no a un buen programa de gobierno, alcance la más alta magistratura del país.

Para cualquier ciudadano, sin una base moral sólida, que desea entrar en el fascinante mundo de la política criolla, es más importante el financiamiento de una campaña publicitaria engañosa que un programa de acción o proyectos concretos para solucionar los problemas de la comunidad. Pero ¿quiénes son los responsables de que en los procesos electorales candidatos poco idóneos alcancen puestos de elección popular?

Sencillamente, los votantes. Porque no validamos la preparación académica, propuestas, independencia y capacidad de organización de los candidatos a los diferentes puestos de elección popular. Nos dejamos convencer por campañas publicitarias engañosas, nos limitamos a pedir bolsas de comida, materiales de construcción, entre muchas otras cosas y no hacemos un escrutinio, de los candidatos, en base a propuestas y trayectoria ciudadana.

Si para el torneo que se avecina, el electorado comprende el valor que tiene el sufragio, a los demagogos de siempre, que cada día empañan más instituciones como la Asamblea Nacional y que en cada quinquenio se postulan por un partido político diferente les será más difícil engañar al pueblo con sus entuertos y artimañas. Debemos compensar a la persona que hizo bien su trabajo y castigar a el que antepuso sus intereses personales por los colectivos.

Hoy más que nunca y en un medio como el nuestro, los postulados éticos políticos de los filósofos griegos, tienen plena vigencia.

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