ANTIVALORES

Homenajes trastocados: Carlos Guevara Mann

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Homenajes trastocados: Carlos Guevara Mann

La sociedad panameña es muy particular. Ingrata con quienes le sirven con desinterés y se sacrifican por ella, enaltece a los que la saquean, maltratan y vapulean. Olvida a quienes con modestia, civismo y humildad han trabajado por su mejoramiento, para dar pleitesía a los que la han despreciado y abusado de ella.

Nadie se acuerda de Tomás Herrera, el soldado-ciudadano, fundador de nuestra primera república. Ahora que la institucionalidad está de moda, no se recuerda que pocos panameños la defendieron más que él, quien en 1854 pagó con su vida por sostener el Gobierno constitucional frente a las usurpaciones de José María Melo, dictador de Colombia.

Pocos saben a quién honra la estatua ecuestre que adorna una de las plazas del Casco Antiguo de la capital; menos saben, todavía, en honor de quién se denominó la provincia de Herrera (en honor de Balbina, creerán algunos).

Si al soldado-ciudadano se lo desconoce, al militar golpista se lo enaltece. En todos los confines de la república –esa república que él suprimió– hay obras con su nombre. Los textos escolares y libros escritos por “historiadores” de pacotilla ponen en el más alto pedestal al supresor de las libertades del pueblo panameño.

En democracia, todavía se enseña a los niños panameños a amar a Omar a través de esos y otros medios. Más insólito aun, el Tribunal Electoral, supuesto garante de la transparencia y continuidad del sistema democrático, destina partidas para engrandecer a quien negó al pueblo panameño la oportunidad de expresarse libremente en las urnas y orquestó votaciones fraudulentas en un vano intento por legitimar su régimen de atracos y violaciones.

Los militares tuvieron a sus órdenes un séquito de civiles que les sirvieron de amanuenses, lacayos y mandaderos. A algunos los pusieron de ministros; a otros, de embajadores y a unos cuantos, de presidentes desechables.

A pesar de sus nexos ineludibles con una autocracia corrupta, los que siguen vivos reciben toda la honra y exaltación que es capaz de tributar nuestra trastocada sociedad. Se los admite en los salones más prestigiosos y en las academias más selectas; y los medios de comunicación los buscan y presentan no solo como forjadores de sino como “autoridades” en temas de Estado.

Cuando fallecen, se los despide con los más solemnes protocolos. Mientras, se niega a promotores de la democracia hasta los más sencillos homenajes.

Hace algunos años, el entonces diputado Hernán Delgado presentó un proyecto de ley para denominar importantes vías públicas en honor de Guillermo Endara, Guillermo Ford y Carlos Iván Zúñiga. Ese proyecto sigue engavetado, pero Remón Cantera y Torrijos tienen estadios, hipódromos, hospitales, salas de maternidad, barriadas, colegios, parques, reservas forestales, avenidas, calles y estatuas con su nombre.

Meses atrás, cuando ese gran y sacrificado panameño que fue Alberto Quirós Guardia se acercaba al final de sus días, entre las entidades públicas solo el Consejo Municipal de Panamá atinó a homenajearlo. Ni el Concejo de Penonomé, ni la Alcaldía de Panamá, ni la Asamblea Nacional, ni la Universidad de Panamá, ni el Gobierno Nacional se dieron por aludidos.

Pero cuando expira uno de los colaboradores de la dictadura, hay en las esferas oficiales más llanto y lamentación que cuando murió en 1638 el gobernador Enrique Enríquez de Sotomayor. Con bandera a media asta y funeral de Estado se los reverencia, mientras los restos del padre Gallego siguen perdidos y se quitó su nombre al principal espacio recreativo de la capital, para ponerle el del déspota más conocido de nuestra historia.

La próxima vez que usted, amable lector, se queje de los antivalores imperantes, dedique un minuto a pensar a quién promueve, glorifica y encumbra la sociedad panameña. De Omar y sus secuaces, que se robaron todo lo humanamente posible y vejaron a todo aquel que se les opusiera, habrá oído usted hasta el empalago.

Pero de Dora Moreno y Floyd Britton, luchadores contra la dictadura y asesinados por ella; de Diana Morán y Thelma King, exiliadas por el régimen militar; de Leopoldo Aragón, quien se inmoló en Estocolmo en protesta por las traiciones torrijistas, no hay noticias ni publicidad. En un país que ensalza a los malvados y se olvida a sus héroes, ¿cómo no van a predominar los antivalores?

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