INDIFERENCIA

Una visita al Hospital Santo Tomás: Salomón Díaz

He formado parte de fundaciones de ayuda social que se dedican a visitar hospitales y a organizar giras médicas para atender a cientos de personas. Así he conocido a muchos panameños que, por sus carencias, ni siquiera se plantean solucionar sus problemas de salud, y aprenden a vivir con ellos. Incluso, tristemente, he conocido a niños que son abandonados en los hospitales, pero nunca había entrado al Hospital Santo Tomás; solo había visto, a través de los noticieros, las típicas escenas que muestran a personas baleadas que llegan a la sala de urgencias.

No estaba seguro de cuál era el edificio, así que caminé algunas cuadras en la Avenida Justo Arosemena. Al llegar me topé con patrullas de la policía, ambulancias que llegaban, decenas de peatones y buhoneros por todas partes. Había una multitud de personas sentadas frente a la puerta principal, que padecían alguna dolencia y a la espera de atención. Hubo una escena que me llegó al alma: era un hombre de mediana edad, forrado en vendas y en silla de ruedas y con una pierna amputada que, al parecer, estaba solo.

Seguí mi camino, pues me dirigía a ver a un amigo. La visita empezaba a las 7:00 p.m., pero llegué una hora antes y, por un segundo, me pregunté si me dejarían entrar. Luego busqué la recepción y la encontré vacía, pero logré dar con el piso en el que estaba. Es difícil explicar algo cuando te causa una impresión tan fuerte que las palabras se quedan cortas. Estando en el piso pregunté por el número de cama de mi amigo –lógico no habían cuartos– y como las enfermeras no lo sabían, fui de sala en sala, buscándolo. Me sorprendió ver a tantos policías en los pasillos, mirando a los presentes. Finalmente, encontré a mi amigo en un cuarto junto a otros 10 pacientes.

Mientras conversaba con él eché un vistazo a sus compañeros, la mayoría tenía vendas en la cabeza, brazos o piernas; en una cama cercana había un señor mayor que tosía continuamente, y unas camas más allá, otro paciente daba gritos de dolor, a los que nadie sabía cómo reaccionar. Me sentía abrumado, pero justo en ese momento entró un hombre, con mucha determinación, y nos indicó que había ido a orar por los enfermos e inició su prédica. Mientras, yo observaba las historias que se desarrollaban alrededor: discusiones entre familiares, personas que hablaban solas y pacientes sumergidos en la desesperanza. Vi de frente la miseria humana, condensada en la situación de los pacientes del hospital. No me tomó mucho tiempo entender que la mayoría de ellos eran cabeza de familia y su único sostén, y que estar allí incapacitados representaba más que un problema de salud.

El drama del Santo Tomás no se trata solo de encontrar una cama para ser atendido, de la falta de medicinas o de no quedar confinado en un pasillo, sino de cuánto tiempo se puede permanecer ahí, con los escasos fondos del hospital. Al salir, dos horas después, recibí mi última dosis de realidad: la mirada fija del mismo señor vendado de la silla de ruedas, que parecía pedirme una respuesta que yo no tenía. Mientras caminaba hacia mi carro, me cuestionaba acerca de por qué se vive semejante tragedia, en medio de una ciudad tan próspera, opulenta y con tanto desarrollo. No cabe otra respuesta que por la “indiferencia”.

Antes de irme, un doctor me confirmó la precaria situación. Me explicó que no conoce ningún plan del gobierno para cambiar la situación y que, inclusive, ni la Ciudad Hospitalaria contempla darles un nuevo espacio. Debo decir que aún sin saber a fondo todo lo que sucede en el Santo Tomás, he oído historias espeluznantes de pacientes y, es justo y necesario, que el gobierno reaccione porque son muchos los ciudadanos que no pueden costear los precios inauditos que se pagan para internarse en un hospital privado. Recibir un trato digno en salud es un derecho ciudadano y la dignidad humana avasallada solo genera desigualdad social, disconformidad y, luego, confrontación.

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