CORRECTIVOS

El Idaan, el patito feo del Estado: Guillermo Ríos Valdés

En julio de 1973, cursando el sexto año del Instituto Nacional de Panamá, me correspondió visitar, en mi condición de graduando, al entonces director general del Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (Idaan), ingeniero Adán Arnulfo Arjona Ch. (q.e.p.d.) para que colaborara con la adquisición de unos boletos para las fiestas de aniversario del colegio.

Ahí, en su despacho, luego de atenderme me preguntó: “Hijo, ¿tú quieres trabajar?”. Sin titubear y sorprendido por tan generosa propuesta, le dije que me parecía bien y, en cuestión de minutos, viajé en su vehículo hasta el Acueducto de Panamá, ubicado en Carrasquilla, donde todavía se reparan los vehículos de la Autoridad de Aseo Urbano y Domiciliario.

Como era mi primera experiencia laboral, mis expectativas eran altas. Fui nombrado con un salario de $125.00 mensuales, cobrando luego de las deducciones de ley, $58.00 por quincena.

Ese salario era, en términos generales, la media del sueldo de la mayoría de los empleados de esta institución. Como trabajé en los Talleres y Mantenimiento tenía mucha relación con los empleados de campo y con los conductores de los camiones cisternas encargados de llevar agua a las comunidades que carecían del servicio.

Estos vehículos muchas veces se dañaban por fallas mecánicas y daños que se prolongaban en el tiempo, debido a la falta de dinero para acometer su reparación y por el engorroso trámite administrativo. Recuerdo que el salario que dejé en $180, 40 años después alcanzó los $400. Es decir, solo subió $220 en todo ese período.

En una ocasión me hicieron un aumento de $5, pero no se pudo concretar por falta de presupuesto.

Con el tiempo y la convivencia diaria, conocí los problemas cotidianos de mis compañeros. A la falta de buenos salarios se sumaba la indiferencia de las administraciones que se fueron sucediendo; las peticiones se acallaban con la velada o directa amenaza; se suspendía el pago extra de los tiempos compensatorios; muchas veces trabajaban en condiciones deplorables al reparar las roturas de tuberías o al perforar pozos, bajo sol y lluvia. En ocasiones, tampoco contaban con las herramientas elementales, carecían de apoyo rodante y alimenticio, lo que era frustrante y generaba el desánimo de estos panameños humildes, a quienes todavía la sociedad no les reconoce por sus servicios, pero sí profiere críticas inmerecidas debido al desconocimiento que se tiene de esta institución, creada por los liberales en la década de 1960.

Los empleados del Idaan nunca han gozado de la atención de las sucesivas administraciones gubernamentales, ante sus aspiraciones, necesidades y tragedias; esto ha sido así desde la época de los militares hasta la vuelta a la democracia. Muy diferente ha sido su suerte comparada a los empleados de los antiguos IRHE, Intel y de los ferrocarriles. En el Idaan carecen de leyes que los protejan.

Cuarenta años después de mi experiencia laboral en el Idaan, hoy día los salarios siguen siendo paupérrimos. Los ingenieros, arquitectos, administradores y demás personal no se incentivan, debido a los bajos emolumentos que perciben. Por eso, procuran abandonar cuanto antes la institución en busca de mejores horizontes económicos. Están abandonados a su suerte, igual que la política hídrica y sanitaria del Estado panameño.

Cuarenta años después el servicio de distribución de agua a través de los carros cisternas, en vez de disminuir, aumentó; las fugas y las roturas de tuberías están a la orden del día, y el enmarañado sistema de alcantarillados de agua potable y servida se confunde en una red intrincada y desconocida, de viejas y nuevas instalaciones, tantas como el desgreño administrativo ha permitido y multiplicado.

Hoy la realidad del Idaan y de sus hombres y mujeres no es muy distinta a la de los años 70 del siglo pasado. Urge hacer correctivos reales y perentorios. El Idaan no puede seguir siendo el patito feo del Estado. Es necesario rescatarlo, por el bien de todos los panameños.

La institución necesita mejorar salarialmente a sus profesionales y trabajadores, y aumentar su número para este país de 4 millones de habitantes; requiere inversiones a corto, mediano y largo plazo; debe reestructurar el servicio administrativo, descentralizar los servicios de agua, combatir las instalaciones brujas que botan el vital líquido de todos los panameños. Además, hay que cobrarle el servicio a sus clientes, pobres y ricos; colocar medidores que ayuden a fomentar la cultura del ahorro y, por último, necesita que el Gobierno y los políticos entiendan los retos del agua para todos los panameños, “24 horas los 7 días a la semana”, como prometieron en la campaña de 2014, y olvidarse de la privatización como escape a su abandono de hoy, ayer y de antes de ayer.

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