ENRIQUECIMIENTO ILÍCITO

Indigno triunfo del capitalista saqueador: Mauro Zúñiga Saavedra

Vivimos en un país, Panamá, en el que pareciera que la única forma de obtener una fortuna es a través del descarado atraco a las arcas estatales, y que el capitalismo representa el peor sistema social jamás creado por el hombre. Pero, nadie se atreve a denunciar, de forma objetiva, el desafortunado triunfo del capitalista saqueador, un “digno” representante del chantaje y el soborno para enriquecerse ilícitamente.

Este artículo no exime de culpa a los empresarios, en su trato con sus colaboradores y otros comerciantes. Tampoco constituye una crítica a la “acumulación originaria, previa o primitiva” que Karl Marx señaló como precondición de los procesos de acumulación de capital, ni examina las condiciones económicas que prevalecían en la antigua Europa antes de las leyes liberalizadoras introducidas en Inglaterra, gracias al movimiento de la Escuela de Manchester y de la economía clásica.

Se trata de que el lector comprenda los dos arquetipos de capitalistas que han existido a lo largo de su historia, independientemente de que existan los que no siguen lineamientos objetivos en la relación obrero–patronal.

Esta es la teoría. Si el capitalismo es un sistema social basado en el reconocimiento de los derechos individuales, incluyendo los derechos de propiedad, implica necesariamente el reconocimiento social de la naturaleza racional del hombre que le da forma.

Es a través de su propio esfuerzo, intercambiando bienes y servicios de manera voluntaria y mediante un “trato justo” con sus colaboradores y otros comerciantes, que se logra la riqueza. Un gran número de personas es capitalista, pero ha sucumbido en su intento, huyéndole al libre mercado y refugiándose en los “monopolios coercitivos” gubernamentales: casos de licitaciones viciadas, algunas concesiones entregadas por favores políticos y un número considerable de contrataciones directas con sobreprecios.

Dada la existencia del Estado, un aspecto es obtener, siguiendo criterios objetivos, una licitación o concesión, luego de competir con otros oferentes; otra cuestión es ganarlo como favor político. Este último representa al típico capitalista saqueador moderno.

Commodore Vanderbilt, hijo de un granjero arruinado, y James Jerome Hill resultaron empresarios que lograron su fortuna en el libre mercado, allá en el siglo XIX. El primero creía en la libre competencia y en la maldad de los monopolios gubernamentales. Decía: “no me importa tanto hacer dinero, sino probar mis argumentos y obtener una ventaja” mediante la libre competencia.

Luchó contra Robert Fulton y Robert Livingston, quienes tenían un monopolio legal sobre el tráfico de embarcaciones de vapor, y les ganó en los tribunales de justicia.

James Jerome Hill dijo que construiría una línea desde los Grandes Lagos hasta Puget Sound, sin dinero estatal o concesión de tierras, lo logró y no fracasó, relata Stewart Holbrook en su libro The Story of American Railroads, en el que hace alusión a tres ferrocarriles transcontinentales construidos con ayuda gubernamental que terminaron en bancarrota ante los tribunales.

Distinto comportamiento tuvieron los dueños de la Central Pacific, construida por los Big Four Railroad de California, con subsidios federales, que les permitió mantener un monopolio, cobrando precios monstruosos y quedándose virtualmente con las ganancias de los agricultores y transportistas de California, y no permitió entrar en el estado ningún competidor, mediante restricciones legales.

Este monopolio de 30 años y las prácticas en las que se involucraron han sido siempre citados como un ejemplo de los males de las grandes empresas y la libre empresa. Pero los dueños de esa corporación son representantes típicos de lo que se llama “economía mixta”: obtuvieron el poder por la intervención legislativa en los negocios.

“Hubo muchas formas de ayuda gubernamental para estos proyectos, como concesiones de tierras federales, subsidios, títulos del Estado, bonos municipales, etc. Una gran cantidad de especuladores inició proyectos ferroviarios como una manera rápida de obtener dinero en efectivo del Gobierno, sin reparos por el futuro o las posibilidades comerciales de sus trenes. Se movieron ubicando muchas millas de rieles de mala calidad, dondequiera que fuese, sin preguntarse si las localidades que se seleccionaron tenían necesidad de ferrocarril o podrían tener algún futuro económico. Algunos de esos hombres obtuvieron el dinero y desaparecieron sin jamás inaugurar un solo ferrocarril”, explica Ayn Rand en Notas sobre la historia de la empresa libre.

Obsérvese que son las mismas malas prácticas por las que hoy son denunciados los capitalistas saqueadores modernos: obtención de dinero rápido, sin importar si entregaban las obras o la dejaban a medio camino, mala calidad del producto ofrecido, incluso si no existía demanda, y la tendencia a huir del país de algunos cuantos, con dinero ajeno, una vez descubierta su supuesta fechoría.

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