CULTURA

Institucionalizando las bellas artes: Alberto Valdés Tola

Algunos entendidos en ópera, ballet, pintura, teatro y folclor, reconocerán que en Panamá las bellas artes no han alcanzado un nivel de desarrollo adecuado, lo cual es, desde cualquier óptica entendida, una lastimera sentencia a la creatividad artística nacional. Aspectos de nuestra identidad como pueblo, con sus matices y expresiones multiculturales y étnicas, características de nuestro devenir histórico social y existencial, se pierden cada día en las calles y tugurios de nuestro país, por causa ya sea de la delincuencia, la pobreza o las pocas oportunidades objetivas que hay en Panamá para ser artista, llámese pintor o escultor, músico popular o clásico, actor teatral o bailarín profesional, entre otras muchas variantes del espíritu artístico.

Dentro de las posibles razones de este evidente desinterés en Panamá por este campo, se pudiera mencionar que en este país nunca ha existido una plataforma normativa que promueva leyes y decretos dirigidos a fomentar las artes. Solo hay que echar un vistazo a la Constitución, en el capítulo 4, para desmitificar esta apreciación. Por otra parte, existen algunos tecnócratas que sostienen que en nuestro istmo, basado en una lógica de servicios y comercio, no hay cabida para el progreso de las expresiones artísticas. Por ende, en general, están condenadas; salvo por excepciones particulares, cuando los artistas poseen medios económicos para destacarse a nivel internacional. Lo cual es evidente en el caso de algunos que han realizado estudios de alguna rama de las bellas artes en el extranjero o, han participado en eventos internacionales.

Con esto no se pretende sostener que vivimos en un país en donde todos debemos ser artistas, y por ende requerimos de la ayuda institucional para desarrollar nuestras actitudes más sensibles y sublimes; sino en cambio, que se estructuren propuestas institucionales para garantizar la enseñanza y promoción continua de las bellas artes. Lo que implicaría conciertos al aire libre de orquestas juveniles y profesionales, visitas a galerías de pintura y fotografía, presentaciones de dramatizaciones teatrales, espectáculos de danza moderna y clásica, entre otros ejemplos; servirían como agentes socializadores de las bellas artes, al tiempo que se constituyen en el imaginario ciudadano.

De esta forma, cada vez que veamos a un niño, adolescente, adulto o persona mayor dibujando, pintando, tocando algún instrumento musical, recitando, cantando, representando un rol teatral recordemos que es un panameño tratando de expresarse por medio de algún arte. Cada vez que observemos una imagen antropomorfa o un panorama natural en un diablo rojo (bus), retoques y matices expresivos en el mural de una casa o de un edificio, delicados o alegres sonidos instrumentalizados ambientando una avenida o un recinto festivo, seamos conscientes de que ese artista ha tenido que luchar contra toda una estructura social, no solo normativa y económica, sino cultural, ya que la consigna idiosincrática socializada en Panamá, es que los artistas están destinados a morirse de hambre.

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