EL MES DE LA PATRIA

Inventario de nuestro nacionalismo: Dicky Reynolds O´Riley

Noviembre, por antonomasia el mes de la patria, sirve para contar anécdotas (porque no son hechos de confiabilidad histórica) concernientes a las gestas que forjaron la nación, al sentimiento de lealtad y admiración hacia los próceres, si Bunau–Varilla fue uno de los gestores de la nación panameña u otras leyendas urbanas. Además, se recuerda la bandera y el escudo y se recomienda dictar cursos intensivos para su correcta colocación, simbología, etc.

Aunque no hemos podido dar con la existencia de Rufina Alfaro, la tenemos como heroína. Se dice que su grito “llegó Matea” le ha dado cabida a los tamboritos cada 10 de noviembre. Pura retórica, en buen panameño. Regenerar la ficción patriótica sirve como calmante o tregua a los traumas políticos y sume al país en un letargo ajeno a los problemas nacionales.

En este mes algunos desfilan bajo los aires marciales, otros al ritmo de la canción de moda convertida en himno para la época, sin tomarse la tarea de saber el porqué. Se sufre por la respuesta a la trillada pregunta anual, ¿qué se celebra el 3 de noviembre?, y al ver al marchante poner los ojos en blanco, rascarse la testa, decir no sé, y sigue desfilando, tan fresco y campante como una lechuga.

Debo confesar que algunas de mis preferencias, en términos políticos, estaban equivocadas o mal dirigidas, sobre todo en mis tiempos de mocedad, en que la personalidad y conductas humanas son manipulables. Me desgañité con consignas en contra de la presencia estadounidense, a pesar de que mi padre trabajaba para ellos y, en consecuencia, los recursos familiares eran proporcionados por el Tío Sam. Los jóvenes siempre somos carne de cañón o conejillos de India. Me quiero referir a mi solapada, en otrora, aversión a ciertas políticas domésticas e internacionales de Estados Unidos, en particular a lo referente a Panamá.

Debo agradecer, tardíamente, que hicieron un país para resolver un problema del tráfico de sus mercancías y fortalecer su hegemonía sociopolítica. Francia, Inglaterra o España, la mal llamada Madre Patria de la cual más bien parecíamos huérfanos, o Rusia, que después pasó a llamarse Unión Soviética, o la China contemporánea, no hubiesen sido distintos. Fuimos su creación, sino hubiéramos sido una extensión del abandonado Chocó colombiano que languidece aún en la pesadilla del siglo XIX, por la desidia de Bogotá. Así que lo mínimo que pudieron hacer para mantenernos en cintura fue prescribir sus recetas colonialistas sin faltarle el respeto a nuestros mártires, cuyas pretensiones nacionalistas tenían validez y vigencia en esa época. Ellos pusieron sus pechos, cegados por la espontaneidad y candidez juvenil, probaron la letalidad de las bayonetas y que los ideales no servían de coraza. El vago recuerdo de sus hazañas es la recompensa que el país les da.

Aquí siempre hubo dos Panamá, uno que negociaba con ellos y sacaba sus réditos y el que los contrariaba, a veces sin razón ni coherencia, con actitudes de adocenados. El discurso anticolonialista “yankee go home” está desfasado toda vez que ahora la égida de los países está manejada por la agenda económica de las empresas transnacionales.

En lo personal, agradezco los desayunos en las escuelas que nos brindaron la Alianza para el Progreso. Cómo olvidar la “leche Care”, efectivo remedio para la desnutrición, que cabalgaba como otro jinete del apocalipsis en Panamá. Hay que ser agradecidos, porque aquí se habla en dólares y no en pesos. Sanearon el país, nos libraron de la fiebre amarilla, peste que hubiera diezmado esta región como la bubónica lo hizo en Europa. El Canal de Panamá, uno de los mejores referentes de orgullo nacional y fuente de divisas, se lo debemos a ellos.

Se imaginan si nuestra economía girara en torno a los sembradíos de bananas o caña, según los roles asignados a los países en la cadena de producción de bienes y servicios. Basta ver el centro bancario local “made in USA”. Tuvieron un ojo clínico. No somos patio trasero del Tío Sam sino su jardín. Pongamos las cosas sobre la balanza, ellos también tienen “su corazoncito”. Su sinceridad que pareciera arrogancia tiene un lema: “Estados Unidos no tiene amigos sino intereses”. El hecho atípico de la devolución de la soberanía nacional los engrandece por honrar su pacto, plasmado en los Tratados Torrijos-Carter, del cual no se tenía fe en su cumplimiento.

Ese país con su democracia imperfecta ha permitido que Barack Obama haya sido su presidente. Rosa Parks, 70 años atrás, no podía tener un asiento en un autobús urbano. Esto demostró que Nostradamus se equivocó en sus profecías cuando dijo que el mundo se acabaría cuando un negro gobernara la nación más poderosa del mundo.

Estados Unidos le está dando docencia al mundo, aunque su paternalismo internacional le pasa facturas a lo interno. El comunismo, como teoría, tuvo la oportunidad de ser llevado a la práctica y fracasó. No crean que padezco del síndrome de Estocolmo, solo hago un inventario ideológico existencial. La verdad hay que aceptarla, aunque sea tarde, no con la obsecuencia ni la zalamería servil de un “besamanos”, sino buscando la tranquilidad que da la corrección de errores similar a la paz por la confesión de los pecados.

Espero no ser excomulgado por disentir con el credo que escribieron los que nos vendieron toda esta trama centenaria sobre la separación de Colombia y otros sucesos, aprovechándose de nuestra afinidad a los chismes y relatos y aversión al conocimiento de investigación científico o historia, en la que hemos reprobado como individuos y como país. Razones sobradas para mantener las cátedras de Historia y de Relaciones de Panamá con EU, pero hay que redireccionarlas, darles un sentido objetivo y evitar la manipulación de los hechos históricos para encubrir malsanas intenciones políticas de falsos nacionalistas que nos adoctrinaron, al igual que los falsos profetas en los tiempos bíblicos.

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