IMPULSO CIENTÍFICO

Investigación biomédica: trabas y logros: Xavier Sáez-Llorens

Estuve disertando esta semana en Costa Rica sobre la importancia de la investigación científica para el desarrollo económico y bienestar social de una nación. El foro fue organizado por la Universidad de Ciencias Médicas (UCIMED), pero asistieron decanos y educadores de las otras seis facultades que forman personal sanitario, funcionarios de diversas instalaciones hospitalarias y autoridades gubernamentales del sector salud. El objetivo primordial del evento era reanudar los ensayos clínicos en el hermano país, después de casi cinco años de paralización, situación provocada por el periodo que tomó crear una ley sobre investigación biomédica. Debido a un prolongado debate parlamentario, bochornosamente contaminado por intereses políticos e ideológicos, Costa Rica sufrió un enorme atraso en esta materia, después de ser un líder en la región latinoamericana en investigaciones clínicas, publicaciones científicas y autorías en textos de prestigio. Tomará, quizás, otro similar número de años para lograr su resurgimiento, en la medida que ofrezcan seguridad jurídica a las entidades académicas, empresas farmacéuticas y fundaciones filantrópicas que patrocinan ciencia, elaboren ventajas diferenciales en ejecución de proyectos y habiliten comités de ética con reglas claras y tiempos de aprobación competitivos.

Panamá sacó enorme provecho de este letargo tico. Entre 2010 y 2014, Costa Rica tuvo 3 mil 271 publicaciones de 2 mil 941 autores (1.1 artículos por científico) y recibieron 22 mil 553 citaciones en diversas revistas, para un promedio de siete citaciones por publicación. Panamá, en cambio, tuvo 2 mil 139 publicaciones de mil 528 autores (1.4 artículos por científico), con 25 mil 733 citaciones, es decir, 12 citaciones por publicación. Resulta evidente el mayor protagonismo panameño tanto en productividad como en impacto de sus trabajos. En ambas naciones, un 30% de las investigaciones se condujo en disciplinas biomédicas (medicina, inmunología, microbiología, farmacología, genética, biología molecular y bioquímica). Estos datos pueden ser revisados en la base informática de ciencia de Elsevier Scival. Si solo nos limitamos a los ensayos clínicos registrados en la página del Instituto Nacional de Salud (ClinicalTrials.gov del NIH) de Estados Unidos, durante el mismo periodo, nuestros médicos investigadores superaron a los vecinos con creces, fenómeno que nos ha colocado en primer lugar en América Central.

Cuando nos comparamos con otros países de parecida cuantía demográfica (Uruguay, Singapur), empero, nuestras estadísticas en investigación biomédica pierden resonancia. Las trabas son múltiples para poder escalar posiciones de mayor relieve. La inversión en ciencia e investigación de Panamá anda por el 0.2% del PIB, cuando el mínimo ideal aconsejado por organismos internacionales (Ricyt, Unesco) es 10 veces mayor. Uruguay posee cerca del 1% y Singapur supera el 2%. El número óptimo de investigadores por población económicamente activa debe ser mayor de siete por mil; Panamá tiene apenas 0.3 por mil, mientras que Uruguay alcanza casi uno por mil y Singapur, 11 por mil. A nivel universitario andamos peor. Son escasos los profesores con formación posdoctoral, que conducen investigaciones científicas de elevada notoriedad y que publican sus resultados en fuentes de renombre. No podemos aspirar a mejorar el estándar académico de nuestros estudiantes si ellos no tienen ejemplos que imitar y superar.

Panamá adolece de una cultura de investigación. En medicina, incluso, la clase profesional tiene poca formación en metodología científica, bioestadística y capacitación en buenas prácticas clínicas de experimentación. Ese desconocimiento, aunado a la mezquindad personal, agravan aún más el panorama. Todavía no hemos abandonado el pernicioso concepto de que los sujetos que participan en ensayos clínicos son “conejillos de Indias”, pensamiento que debemos erradicar, como sociedad, si queremos prosperar. Poder participar en una investigación médica es actualmente considerado un derecho humano básico. Primero, porque la decisión es autónoma y libre. Segundo, porque el interesado debe firmar un consentimiento informado antes de ser reclutado y puede, ante insatisfacciones, retirarse en cualquier momento. Tercero, porque antes de empezar el proyecto, el protocolo debe ser aprobado por una instancia ética independiente que determine que los beneficios potenciales superan ampliamente los riesgos posibles. Y cuarto, porque monitorizaciones externas ejercen controles rigurosos para asegurar la protección de los sujetos enrolados. Los invito a reflexionar en lo siguiente: imaginen que a uno de ustedes le dicen que tiene 70% de probabilidad de fallecer por un cáncer de páncreas, pero que hay un centro en Estados Unidos investigando un fármaco prometedor que pudiera reducir ese riesgo de muerte. ¿No haría un significativo esfuerzo económico para trasladarse a ese lugar e inscribirse en dicho estudio? ¿No sería mejor que ese mismo ensayo se realice también en suelo patrio para que, no solo resulte más fácil participar, sino para que gente humilde sin recursos pueda acceder a idéntica oportunidad?

Urge impulsar una cultura de ciencia en Panamá. Para lograrlo, hay que estimular la vocación científica de la juventud en escuelas y universidades, profesionalizar a los medios de comunicación en técnicas de experimentación, convencer a la empresa privada para que colabore con el financiamiento, sensibilizar a los ciudadanos sobre el enorme beneficio que conlleva la investigación y presionar a los gobernantes para mejorar la inversión en la generación de conocimiento. A diferencia del arte, que puede ser elaborado de manera individual, la ciencia requiere de múltiples actores trabajando en equipo. “Arte soy yo, ciencia somos todos; si quieres llegar rápido anda solo, si quieres llegar lejos, vamos juntos”.

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