EL MALCONTENTO

´Irresponsafelices´ en la globalidad: Paco Gómez Nadal

Esta fiesta es para nadie. En tiempos en los que las palabras están gastadas y las melodías han sido condenadas a ser ruido, tratamos de combatir el aturdimiento apenas con torpeza. Pero es difícil cuando habitamos en centros comerciales infinitos, donde los escaparates y los ambientes artificiales son lo más natural.

No es cosa de un lugar (y esto despista sin remedio a los primitivos nacionalistas, ahorcados de bandera y símbolos infantiles varios). Tampoco de espacio (ahora que los lugares han sido anulados a favor de la multirrealidad y sus paralelismos). Se trata de este sistema tan perversamente refinado que ya no valen análisis simplistas ni reducciones demagógicas.

Los trabajadores han sido convertidos en consumidores, motores fundamentales de este tardocapitalismo tan furibundo. Los capitalistas se han convertido en nuevos políticos en el nombre de la eficacia. Los dueños de la jugada, las élites de antes y las nuevas del ahora, se han retirado a los “palacios de invierno”, desde donde se ríen de nuestras minucias y del éxito de su estrategia.

La fiesta es más exclusiva que jamás en la historia. Mientras Obama hace malabares para no pasar a la historia como el presidente “quebrado”; los presidentes de Europa fingen que son presidentes; algunos mandatarios latinoamericanos están felices de haberse conocido (porque no están sufriendo más crisis que las habituales), y otros, ¡ay pobre Piñera!, hacen malabares para que sus pueblos no los saquen de patitas a la calle.

Ningún político está invitado a la fiesta y tampoco los expertos –consultores, mercenarios a salario que adaptan teorías y análisis al mejor postor–. Los que hasta hace dos días alababan el modelo educativo chileno están ahora escondidos bajo las piedras. Los otros, los que se llenaban la boca con Uribín y su gran visión, ahora le hacen la pelota a Santos y no reciben en sus despachos a los imputados de corrupción, espionaje y violación de derechos humanos.

Tampoco participan como protagonistas los salvadores de la ONU y demás supuestas instituciones globales. Una ONU que no tiene injerencia en el mundo de las finanzas es una ONU fuera de este mundo, sin capacidad real de incidir, de controlar, de mesurar al glotón mercado ni al anoréxico estado de derecho.

La fiesta parece carnavalesca, pero no hay máscaras. Los cuatro gatos invitados a veces tienen que salir en cayuco de sus hoteles de seis estrellas porque la realidad se empeña en inundarles la islita de la fantasías, pero –a pesar de los amantes de la teoría del complot– ellos son como son, sin ambages, y nadan en las aguas sucias del desarrollismo con la misma dignidad que si estuvieran en el paseo de la fama. Ni Martinelli ni su ralea mienten. Son así y son transparentes. A veces les toca guardar las cartas a ratos por cuestiones tácticas, pero son estratégicamente como se muestran. La soberbia, el silencio no medido, la rabia, la furia machita, la arbitrariedad forma parte de su ser esencial como es parte de la mayoría de la población el apocamiento, la genuflexión, la desmemoria.

Los que no estamos invitados a la fiesta y sabemos las razones podemos estar de mal humor, enfadados con la arquitectura del sistema y sus pocas salidas de emergencia. Los que se creen con la razón, aun estando excluidos del festín, son tan ignorantes como su enciclopedismo les permite. Por eso, no gastar palabras en responder sandeces debería ser, a veces, la norma (por ejemplo ante los despropósitos de la pila de homófonos y radicales que buscaron rofear hace una semana).

Mientras, para los que gustan de la libertad de pensamiento, del disenso, del pensamiento algo más complejo que las simplificaciones de “los buenos”, los cito este jueves 11 de agosto, a las 6:30 p.m., en la Biblioteca Nacional. Allá estaré, junto a un buen número de gente pensante, en la presentación de Dos Años de Locura, un recuento analítico de estos últimos 24 meses de orgía, fiesta y bulimia del poder. Esa fiesta de la que la mayoría solo ha sido espectadora lejana o salonero de segunda (eso sí, reformado de pandillero a salonero en algún taller bienintencionado de alguna ONG europea pagada con los reales de la crisis global). Ya no tenemos ni fiesta ni globos para engalanarla, pero no significa que en la periferia de la exclusión dejemos de bailar y de sonreír. Bienvenida sea la “irresponsafelicidad” de los que no tienen futuro.

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