DEBATES

Irse de la lengua: Berna Calvit

El asunto es así: de no cesar ya la provocación, el insulto grosero, la ramplonería y el escarbar de asuntos íntimos o familiares para agredir al opositor, las consecuencias podrían ser días de inestabilidad social. A más de uno he oído decir que mantener los ánimos exacerbados para crear situaciones que justifiquen medidas extremas (como impedir el proceso electoral) es lo que se está buscando.

Quiero pensar que no es así, que no se ha llegado a tal grado de irresponsabilidad y demencia; pero ante la remota posibilidad de que algún grupo, guiado por la enfermiza ambición del poder, esté abanicando en esa dirección, los ciudadanos de a pie que deseamos un país en paz debemos exigir a todos los partidos políticos y a los candidatos de nuestras simpatías que se abstengan de participar en este sucio juego.

La violencia verbal de los meses recientes ha arreciado en los últimos días; como observadora del acontecer político me atrevo a decir que desde hace muchísimos años no se había sentido ambiente tan envenenado como el actual. Las pasiones desbocadas han llegado hasta la infamia de invadir un terreno que para el político decente está vedado: la familia y la intimidad. El veneno que riega el discurso iracundo y descalificador se cuela en la psiquis y crea encono; por ello al “discurso del odio” que utilizó el Tea Party, grupo norteamericano de políticos de ultraderecha, se le achaca algún grado de responsabilidad en un tiroteo en el que murieron seis personas y se hirió de gravedad a la congresista demócrata Gabrielle Giffords.

En los escritos “El arte del insulto” (La Prensa 31/5/2004) y “El dardo en la palabra” (La Prensa 16/1/2012), tal como se deduce de los títulos, el tema fue los insultos, pero estableciendo la diferencia entre el insulto burdo y el insulto que requiere inteligencia. Cuando esta última escasea no queda más que irse de la lengua y acudir a los socorridos epítetos ladrón, coimero, lavador de dinero, corrupto, etc., bazofia para alimentar rencores. Lo único novedoso en este bajuno intercambio de ofensas es que han aparecido términos de la medicina psiquiátrica. En el libro El arte de insultar, el autor dice que no consiste en soltar exabruptos, palabrotas, majaderías. El erudito español Pancracio Celdrán también se ocupa del tema en El gran libro de los insultos. Los recientes roces entre el presidente Ricardo Martinelli y el excontralor Alvin Weeden no podrían aparecer en los libros que recogen insultos brillantes; los que estos señores se están cruzando en tuits y declaraciones en los medios han sido mutuamente ofensivos, sin guardar el decoro que uno supondría propio de políticos de esta jerarquía. El cruce entre la ministra Alma Cortés y la abogada Zulay Rodríguez es categoría “no apropiada sin la supervisión de un adulto”, al mejor estilo de una telenovela llena de gente mala y cizañera.

En esta guerra de palabras ofensivas en la que todos salen perdiendo, ¿no se dan cuenta del daño que se auto infligen? Tan desbordadas están sus malsanas pasiones que no les importa quedar tuertos con tal de sacarle los dos ojos al enemigo.

Por otro lado, los medios de comunicación también tienen su parte de responsabilidad en estos conflictos; el ejercicio serio de la profesión cuenta con el apoyo ciudadano; aplaudimos los esfuerzos que hacen para desvelar negociados, coimas, abusos en general, los males que aquejan a los ciudadanos, etc. Sin ser periodista, me di cuenta del error de propiciar un debate que, por los sucesos de horas recientes, presagiaba el lodazal que tal vez alcanzó el anhelado rating, ¿pero a qué costo? Estuve tentada a pedir que una ambulancia fuera a la televisora porque la iracundia de uno de los invitados parecía tenerlo al borde de una apoplejía; otro se levantó varias veces de la silla y temí que usara la mesa como cuadrilátero para intercambio de puñetes; aquello no tenía atajadero. El espectáculo era deplorable; cambié el canal y me enganché con Criminal minds, menos dañino y con el final feliz del delincuente apresado.

En cambio, cómo habrá deslumbrado (tanto como para ser recogido en la historia de los insultos extraordinarios) que para “sacarse un clavo” dijera Heinrich Heine, poeta alemán, al referirse a alguien a quien no apreciaba: “Ordinariamente es un demente. Pero tiene momentos lúcidos cuando solo es un tonto”. ¡Jo! El insulto inteligente escasea entre nuestros políticos; tal vez lo explica que, además de inteligencia requiere gracia, agudeza, elegancia verbal y la ironía y el sarcasmo que sazona la “enjundia del léxico ofensivo”. Y ya sabemos que lo que natura no da... A ver si no es genial, en vez de llamar estúpido a alguien, se diga de la persona: “Tenía una sola idea y era equivocada” (Benjamín Disraeli). Hasta ahora descalificar al contrario y en algunos casos hasta a los del partido, parece importarles más que nuestra opinión sobre palabras y acciones que los denigran. Y nos equivocamos si les seguimos el juego y permitimos que nos usen como peones para satisfacer sus rencores y ambiciones malsanas. Nos toca a nosotros, los que deseamos un Panamá en paz, repudiarlos, cerrarles el paso. Por lo pronto, los deslenguados deberían seguir el consejo de Abraham Lincoln: “Hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacer es no despegar los labios”.

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