MEMORIAS

Josefa de la Sandalia: Carlos Guevara Mann

Tropecé con su epitafio en la nave lateral derecha de la Catedral. “Josefa de la Sandalia Brájimo de Vallarino”, dice la inscripción. Tardé unos segundos en hacer clic: ¿Sería Josefa de la Sandalia la misma “Doña Pepilla” de la que, en mi niñez, escuché hablar a mi abuela?

Como Abuelita ya había fallecido, fue preciso recurrir a otras fuentes. La lápida solo da los años de su nacimiento y defunción: 1795-1856. Vivió, entonces, 60 años (porque expiró meses antes de cumplir los 61). Tía Rita confirmó que, en efecto, era doña Pepilla. “Para mayores referencias”, sugirió, “busca el libro de Lady Mallet”.

Abuelita poseyó un ejemplar de aquel texto revelador –Sketches of Spanish-Colonial Life in Panama– dedicado por la propia autora (su tía paterna), pero en un momento de descuido el libro desapareció. Hasta el final de sus días sostuvo que se lo había robado la consorte de un sobrino, cuya identidad deberá, por lo pronto, permanecer en el anonimato. Basta decir que la reputación de la señora era tal que cuando anunciaba visita, el grito estremecedor de “¡escondan la plata!” retumbaba en la casa. Marcos, bandejas, fuentes, cubiertos y demás artículos de ese metal eran rápidamente puestos a buen recaudo, a fin de prevenir un extravío lamentable e irrecuperable.

Mientras procuraba una copia de los Bosquejos de Lady Mallet, consulté la obra del Dr. Alfredo Figueroa Navarro, especialista nuestra historia social del siglo XIX. La familia Brájimo (o Bráximo), ya extinta en Panamá, tuvo prominencia en esa época. José Brájimo, funcionario real, salió de España a finales del siglo XVIII y eventualmente llegó a Panamá, no sin antes hacer escala en Cuba, donde conoció a Josefa García de Paredes, con quien se casó y tuvo hijos, entre ellos Pepilla, quien nació en La Habana.

Josefa de la Sandalia contrajo nupcias en Panamá, en 1816, con Ramón Vallarino Jiménez. Ramón tuvo una carrera pública “lustrosa”, según la describió Alfredo, sobre todo como administrador de la Renta de Tabacos (la venta de tabaco fue monopolio estatal hasta 1849), pero también como funcionario en otros despachos y diputado tanto a la Cámara Provincial de Panamá como al Congreso de Bogotá.

Lady Mallet, sin embargo, pinta un retrato distinto: uno en que las fortunas familiares declinaron significativamente tras la emancipación de España, al punto que doña Pepilla tuvo que hacer frente, con muy poca ayuda, a la multitud de labores domésticas relacionadas con el mantenimiento del hogar y el parto y crianza de 12 hijos.

Eso es lo que pude averiguar hasta que Xavier Vallarino, afable y acucioso pariente guayaquileño, compiló su genealogía. Los descendientes de Josefa de la Sandalia, dispersos por todo el globo, van ya por la octava generación.

Hay cientos de ellos, sobre todo en Panamá, pero ni por escaso relajo me atrevo a nombrarlos, ni siquiera a los principales grupos familiares. Más que por falta de espacio, es por temor a dejar a alguno por fuera, no vaya a ser que me traicione la memoria (como suele suceder por andar siempre acelerado), se me escape algún nombre y ocurra como hace unas semanas, que una pariente indignada me maldijo hasta la los tuétanos por omitirla de una complicada descendencia. En nuestra sociedad de clanes familiares, se sobrelleva más una opinión política contraria o un concepto ideológico repugnante que una omisión de esta naturaleza.

A fin de cuentas, la enumeración precisa de su prole no es tan importante, como tampoco lo es de dónde provino el intrigante apelativo “de la Sandalia”. (Lo más probable es que se le haya añadido al primer nombre por alguna devoción religiosa de sus padres, como la del Señor de la Sandalia, que se venera en Quito y cuyo culto también existió en Cuba).

Lo fundamental, en vísperas de nuestro Día de la Madre, es que si usted está vivo, también tiene varias generaciones atrás en su ascendencia a una “Doña Pepilla” cuya tenacidad, resistencia a los partos (que antes causaban enorme mortandad entre mujeres y niños), reciedumbre ante la adversidad, fortaleza ante las enfermedades y sacrificio por su prole garantizaron que usted pueda hoy leer estas líneas.

Aunque los restos de esa ascendiente no se encuentren en la Catedral, pero la impronta que dejó está indeleblemente estampada en la cartografía genética de usted y los suyos. Ojalá también lo esté, de alguna manera, en nuestro mapa afectivo. Feliz día a todas las madres lectoras de esta columna.

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