DESLEGITIMACIÓN

Lecciones de la caída de El Chapo: Oreste Del Río Sandoval

La recaptura de Joaquín El Chapo Guzmán, el narcotraficante más poderoso del mundo en la actualidad, dejó en evidencia varios problemas críticos que requieren solución si queremos encarar y emprender una verdadera lucha contra el narcotráfico.

Uno de estos problemas es la elevada penetración que la estructura del narcotráfico tiene en todos los estamentos de la sociedad. No es la primera vez –pero esperemos que sí sea la última– que el célebre capo logra evadir la custodia carcelaria. Los ribetes cinematográficos de su último escape lo transformaron en noticia a nivel mundial. Esa evasión no hubiese sido posible sin la existencia de un entramado social, económico y político que lo favorece.

A raíz de su fuga de la cárcel del Altiplano, considerada de máxima seguridad, a través de un túnel de 1.5 kilómetros de longitud, dotado de rieles por los que circulaba una motocicleta, quedaron al descubierto los sobornos y la corrupción que permitieron su huida, y que parece llegar hasta las altas esferas del poder político de ese país.

Al respecto viene bien recordar la connivencia entre las autoridades y los narcotraficantes durante el triste episodio que terminó con la desaparición de los 43 estudiantes en Ayotzinapa. Un hecho que retrata la colaboración económica y operativa entre políticos y narcotraficantes.

Ahora bien, si el poder económico de los barones de la droga está inserto en la vida social y política de nuestros países, es porque hay un sistema que aunque no lo incentiva, tampoco hace demasiado por evitarlo.

Necesitamos mecanismos institucionales fuertes para prevenir el lavado de activos, así como incorporar elementos de transparencia activa en la gestión pública, de modo que quienes asumen responsabilidades públicas deben justificar, de manera clara y precisa, el origen de su patrimonio, buscando de esta forma cortar la vinculación entre los delincuentes con el mundo de la política y la administración del Estado.

Sin embargo, en mi opinión, el principal problema que enfrentamos con el narcotráfico tiene que ver con cuestiones culturales y de valores. Una vez que los capos logran amasar grandes fortunas que les permiten esa vida de lujos y confort, entonces aspiran a obtener cierta legitimidad social. Así es como empiezan a realizar obras y colaboraciones en comunidades en que la presencia del Estado es débil, y se encumbran como verdaderos Robin Hood, que dan protección y apoyo económico a sectores vulnerables. Incluso, como en el caso de Guzmán, comienzan a construir un relato sustentado en una película con actores de Hollywood para instalar su versión de las cosas.

Resulta fundamental, entonces, reforzar la presencia institucional, pero no mediante el despliegue de fuerzas militares para ejercer la represión, sino con maestros, agentes comunitarios y programas de educación física, que les muestren a los jóvenes de las comunidades de escasas oportunidades que existe una salida más allá del mundo delictivo.

De esa forma, comenzaremos a ganarle la batalla cultural al narcotráfico, que es el primer paso para su deslegitimación y, esperemos, que para su fin.

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