CORRUPCIÓN

Lecciones políticas desatendidas: Arturo Rebollón Hernández

Un viejo político decía: “La historia se repite en espiral”, y esto quedó demostrado. Los que no estudian la historia están condenados a repetirla. La corrupción gubernamental no es nueva en el país, pero en este quinquenio se hizo a lo grande y les estalló en la cara.

De nada valieron las costosísimas asesorías extranjeras de expertos “hacedores” de presidentes, la campaña sucia, los centros del mal (call centers), los sobornos por contratos a una escala nunca antes vista, el uso indiscriminado de recursos del Estado ni el apoyo ilegal del Presidente saliente a su candidato subordinado.

Pero, lejos de beneficiar a la candidatura oficial de José Domingo Arias, el apoyo irrestricto del Sr. Ricardo Martinelli lo perjudicó, porque era notable quién controlaba a quién y no se medía en sus intervenciones.

En la inauguración de obras estatales se dedicaba a despotricar en contra de la oposición (algo ilegal) y con sus actuaciones parecía desautorizar a José Domingo Arias, quien en sus presentaciones de campaña pretendía ser comedido, en cambio Martinelli siempre salía con exabruptos. Se notaba que José Domingo tenía que aguantar callado esas impertinencias.

La campaña bicéfala y fuera de control predicaba algo distinto a lo que mencionaba el candidato. Así fue percibida y rechazada por la clara injerencia de Martinelli, como “preludio de destrucción” de lo que sería en función de gobierno.

Martinelli empuñó como propia toda la campaña y, a título personal, se dedicó a ofender a los opositores desaprovechando las oportunidades de mostrarse con la seriedad de un estadista cumplidor de sus promesas.

Le faltó grandeza para apreciar él mismo su obra. Su enanismo intelectual no le permitió capitalizar con votos las que realizó. Se reconoce que el gobierno saliente fue dinámico e hizo obras como ninguna otra administración, pero pasó por encima de la ley; creció exponencialmente la deuda del país; poco le importó la opinión pública, la transparencia ni el control de adláteres cleptómanos.

En resumen, él dejó grandes proyectos realizados, pero todos cuestionados, y una gran decepción como persona.

¿Dónde quedó aquello de “que se puede meter la pata, pero no la mano”? El tráfico de influencias para arreglar “negocios” siempre había existido, pero en su gobierno llegó a límites impresionantes por el monto y descaro. También se dedicó a comprar medios de prensa o a combatirlos. Esa estrategia le granjeó enemigos de respeto, como pudo después averiguar.

De haber actuado diferente, tal vez ahora no tendría las aprensiones sobre su seguridad y las de los suyos.

Entregado el poder, sale desgastado, rechazado por más del 60% de la población, y enemistado a muerte con el nuevo grupo gobernante por ignorar la premisa de que “se legisla con justicia en gobierno para cuando estás en oposición”, y si las leyes son justas no tendrás ningún temor cuando estés fuera del gobierno.

Se privó del honor de pasar el relevo y colocarle la banda presidencial a su sucesor, para vergüenza de él y de los últimos mandatarios panameños que han tenido que abandonar la Presidencia por la puerta trasera.

Ojalá el nuevo gobernante haga buena su palabra y se comporte a la altura, para que no tenga de qué avergonzarse y cumpla con su obligación de entregar la banda presidencial a su sucesor.

Hay mucho por hacer, pero con trabajo y desprendimiento se puede lograr, usando como única bandera la nacional, pues el Presidente del país es el de todos los panameños.

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